El sonido de la pluma rasgando el papel fue el único ruido en la sala de juntas fría y estéril. Mis manos temblaban, no por el frío del aire acondicionado que zumbaba sobre nosotros, sino por la mezcla de dolor y rabia que se arremolinaba en mi estómago. Levanté la vista un momento. Frente a mí estaba Luis, mi esposo de 5 años, o mejor dicho, el hombre que dejaría de ser mi esposo en cuanto terminara de firmar la última página. No me miraba a los ojos. tenía la vista fija en sus zapatos de diseñador italiano, jugando nerviosamente con sus gemelos de oro. Era un cobarde. Siempre lo fue, aunque yo estuve demasiado ciega de amor para verlo. A su lado, como una gárgola vestida de Chanel, estaba mi suegra, doña Elvira. Ella no apartaba la mirada.
El sonido de la pluma rasgando el papel fue el único ruido en la sala de juntas fría y estéril….