El sonido de la risa fue lo primero que me golpeó. No era una risa alegre, de esas que se comparten entre amigos. Era una risa afilada, cruel, metálica, una risa diseñada para cortar la piel y llegar directo al hueso de la autoestima. Estaba parada en el vestíbulo de mármol pulido de industrias K, el rascacielos más imponente de la ciudad. Mis manos, callosas por el trabajo en el jardín que tanto amaba, sostenían con fuerza una fiambrera de plástico azul desgastada. Llevaba mis vaqueros viejos, esos que me quedan cómodos, y una blusa sencilla de algodón que había comprado en el mercadillo hace 3 años. Frente a mí, bloqueando el acceso a los ascensores dorados, estaba ella, Claudia, la directora de recursos humanos. Llevaba un traje sastre que costaba más que el coche que yo conducía y me miraba como si yo fuera una cucaracha que acababa de salir de la alcantarilla para manchar sus zapatos de suela roja. Perdona,” dijo Claudia arrugando la nariz como si oliera algo podrido.
El sonido de la risa fue lo primero que me golpeó. No era una risa alegre, de esas que se…