ENFERMERA EJECUTA AL AMANTE DE SU MARIDO EN MONTERREY—CUANDO LA VIO SE DESMAYÓ ERA SU PROPIA HERMA

El martes 7 de marzo de 2023 a las 6:43 de la mañana, Gabriela Soto Villanueva llegó a su casa en la colonia San Jerónimo de Monterrey después de un turno nocturno de 12 horas en el Hospital Universitario con el cansancio específico de los turnos que no tienen un momento de respiro.

Esa noche habían entrado tres urgencias seguidas entre las 2 y las 4 de la madrugada.

Gabriela había estado de pie sin descanso desde las 7 de la tarde del lunes.

Lo único que quería era ducharse y dormirse.

Abrió la puerta de la calle Nogal número 18 con la llave que llevaba en el llavero junto a la del hospital y junto a la foto plastificada de sus dos hijos que ponía en todos sus llaveros desde que los niños tenían edad para salir.

En foto.

La casa estaba en silencio.

Sergio no había salido todavía.

Su carro estaba en la cochera.

Los niños tampoco.

Era demasiado temprano para la escuela.

Gabriela dejó la bolsa del hospital en la silla de la entrada, se quitó los zapatos, fue al baño del pasillo a lavarse las manos antes de subir al segundo piso y fue al pasar frente a la sala cuando vio algo que la detuvo en medio del pasillo.

Una bolsa.

No era su bolsa, no era la bolsa de nadie de su familia.

Era una bolsa mediana de cuero café con un llavero colgando que Gabriela reconoció antes de terminar de mirarlo, porque ese llavero era idéntico al suyo.

No idéntico.

Era el mismo modelo.

El mismo modelo que habían comprado juntas en el mercado de artesanías del barrio antiguo hacía 4 años.

Las dos, ella y su hermana Valeria, dos llaveros iguales, porque habían bromeado con que así siempre iban a recordar que eran del mismo barrio, aunque la vida las llevara a distintos lugares.

Gabriela se quedó mirando ese llavero durante varios segundos, luego miró la bolsa, luego miró hacia las escaleras y subió.

Si esta historia ya te hizo detenerte, lo que Gabriela encontró al llegar al segundo piso fue lo más difícil que una mujer puede encontrar en su propia casa.

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Ahorita quédate hasta el final porque hay un detalle sobre los meses previos a ese martes de marzo sobre algo que los investigadores de la Fiscalía de Nuevo León encontraron en los teléfonos de los tres involucrados, que el juez a cargo del proceso describiría en sus notas como el caso más difícil de resolver en 19 años, no por la evidencia, sino por lo que la evidencia decía sobre dos hermanas y sobre el espacio entre ellas, que ninguna de las dos había sabido nombrar antes de que ese espacio se llenara.

de la peor forma posible.

Hazte una bebida, siéntate bien.

Esta historia necesita tu atención completa.

Listo, arrancamos.

Monterrey, Nuevo León, la ciudad del norte, la del trabajo y de la industria y de esa cultura regiomontana que se lleva en la forma de hablar y en la forma de resolver los problemas antes de que los problemas se resuelvan solos.

Porque en Monterrey nadie espera a que las cosas lleguen solas.

Es también una ciudad de familias, de familias grandes que se reúnen los domingos y que tienen la mesa siempre con silla extra para quien llegue sin avisar y que en esa hospitalidad específica del norte guardan también todo lo que no se dice en las mesas del domingo.

Porque en las mesas del domingo la gente come y no siempre habla de lo que más importa.

La colonia San Jerónimo está al sur de Monterrey, entre el cerro de la silla y el río Santa Catarina, en una zona donde las colonias residenciales de clase media conviven con el ruido del boulevar y con la vida de barrio, que en Monterrey tiene su propio ritmo, aunque la colonia tenga nombre de fraccionamiento.

Calles con árboles, casas de dos plantas con cochera techada, el parque de la colonia con los juegos donde los niños van los sábados y donde las madres se sientan en las bancas.

y donde las abuelas caminan las vueltas de siempre, a la misma hora de siempre.

En la calle Nogal número 18 vivía la familia Soto Villanueva desde hacía 7 años.

Gabriela, Sergio, Mateo, 10 años, Sofía, siete.

Y a 12 minutos en carro de esa casa, en un departamento de la colonia Country, vivía Valeria desde hacía 3 años, 12 minutos.

La distancia que Gabriela y Valeria habían considerado siempre como una de las mejores cosas de vivir en la misma ciudad, estar cerca sin estar encima, poder verse cuando quisieran sin que la proximidad fuera una obligación.

Lo que Gabriela no sabía era que en los últimos 9 meses esos 12 minutos se habían recorrido en una dirección diferente a la que ella imaginaba y con una frecuencia diferente a la que cualquiera habría calculado.

12 minutos que esa mañana de martes se habían convertido en la distancia más corta y más larga de toda la historia de las dos hermanas.

Gabriela Soto Villanueva nació el 3 de agosto de 1982 en Monterrey.

La mayor de dos hijas de don Eliodoro Soto, técnico en refrigeración industrial y de doña Amparo Villanueva, que había enseñado piano en una academia del barrio antiguo durante 28 años, con la paciencia específica de las que enseñan un instrumento y que saben que la paciencia no es una virtud, sino una técnica.

Creció en Monterrey con esa identidad de hija mayor de familia de oficio que en el norte se traduce en responsabilidad temprana y en la certeza de que las cosas se construyen con trabajo y no con suerte.

Estudió enfermería en la HAN porque desde los 15 años había sabido que quería trabajar en algo que sirviera de algo concreto y que en el cuerpo humano todo era concreto, o funcionaba o no funcionaba.

Y si no funcionaba, había que encontrar por qué y arreglarlo.

Ingresó en 2005, entró al Hospital Universitario de Monterrey ese mismo año, 18 años en el mismo hospital, los primeros seis en medicina interna, los últimos 12 en el pabellón de urgencias como enfermera líder de turno, que es el puesto que no está en ningún organigrama con letras grandes, pero que en la práctica significa ser la persona que decide qué se hace cuando hay que decidir rápido y no hay tiempo para consultar.

era buena enfermera con esa bondad técnica que se construye en los años de urgencias, donde uno aprende que la bondad sin eficiencia no sirve porque el paciente necesita las dos cosas al mismo tiempo.

Media 1,63, complexión que los tres turnos nocturnos por semana habían mantenido delgada no por dieta, sino por el simple hecho de que quien trabaja de noche no siempre tiene tiempo ni hambre para comer bien.

Pelo negro recogido siempre en urgencias con esa coleta que en los enfermeros de turno es también un símbolo.

El pelo recogido significa que ya empezó, que el turno está activo, que no hay tiempo para el pelo suelto, ojos cafés oscuros que sus pacientes describían como de alguien que mira y escucha al mismo tiempo, que es una habilidad rara y que en urgencias es también una herramienta de diagnóstico.

En el hospital la llamaban la licenciada Gabriela o simplemente Gabi.

En el barrio era la enfermera del Nogal, la que cuando había una emergencia en la calle era la primera en aparecer con la bolsa del hospital y las manos que sabían qué hacer.

se había casado con Sergio en 2010 en una ceremonia en la misma iglesia del barrio antiguo, donde doña Amparo había enseñado piano durante 28 años, que era también la iglesia donde Gabriela y Valeria habían hecho su primera comunión y donde don Eliodoro había dicho siempre que cuando sus hijas se casaran era en esa iglesia y no en ninguna otra.

13 años de matrimonio con Sergio, dos hijos, una casa en la colonia San Jerónimo y algo que en los últimos 9 meses había estado ocurriendo en esa casa, sin que Gabriela lo supiera y que esa mañana de martes con el llavero de cuero café y los 12 horas de turno encima encontró de la forma más directa posible.

Sergio Mendoza Ríos tenía 41 años, contador público con despacho propio en la colonia del Valle de Monterrey, especializado en asesoría fiscal para pequeñas y medianas empresas.

Nacido en Saltillo, en Monterrey, desde los 23, cuando entró a trabajar en un despacho contable del centro que lo había contratado recién egresado y donde había pasado 5 años antes de abrir el suyo.

Moreno, claro, complexión media que el trabajo de escritorio había redondeado sin que él pusiera mucha atención, porque Sergio era de los que archivaban el cuerpo en la categoría de las cosas que ya estaban resueltas y que no necesitaban más dedicación.

Pelo negro con entradas en las cienes que habían llegado a los 40 con puntualidad, lentes de armazón oscuro que usaba desde los 30 y que en el mundo de los contadores tenían el mismo efecto semiótico que las canas en los abogados.

era conocido en su trabajo como el contador que te dice la verdad, aunque la verdad no sea lo que uno quiere escuchar.

Que en el mundo contable es también la descripción de alguien que no va a inventar números para hacerte sentir bien, sino que va a decirte exactamente en qué situación estás para que puedas tomar decisiones reales.

En la casa era el papá de Mateo y Sofía, el que los llevaba a la escuela los días en que Gabriela tenía turno nocturno y que hacía el desayuno, aunque el desayuno fuera de los que se hacen cuando uno sabe que el resultado va a ser aceptable, pero no extraordinario.

el que los fines de semana llevaba a los niños al parque de la colonia.

Mientras Gabriela dormía recuperando el turno de la noche anterior, el matrimonio con Gabriela era desde afuera, uno de esos matrimonios que funcionan con la solidez tranquila de las parejas, que no necesitan demostrar nada.

Desde adentro tenía la complejidad de todos los matrimonios, donde uno de los dos trabaja de noche y donde la vida doméstica se organiza alrededor de un horario que separa más de lo que une.

Gabriela estaba ausente tres noches por semana.

Sergio estaba presente esas noches y en algún punto de los últimos 9 meses, en alguna de esas noches, algo que no tenía nombre todavía lo había encontrado.

Y ese algo tenía el nombre de Valeria.

Valeria Soto Villanueva tenía 38 años, la hermana menor, la hija de don Eliodoro y doña Amparo, que había heredado el oído de su madre para la música y la habilidad de su padre para los sistemas, y que en esa combinación había encontrado su camino en el diseño digital y la producción audiovisual.

Trabajaba de forma independiente desde su departamento de la colonia Country con una lista de clientes que había construido en 8 años de oficio y que le daba para vivir sin lujos excesivos.

y sin carencias reales, soltera, sin hijos, con una vida social que sus amigos describían como amplia, pero selectiva.

Valeria no salía con cualquiera, pero cuando salía con alguien lo hacía con una presencia completa que hacía que ese alguien sintiera que era la persona más interesante de la sala.

Morena como Gabriela con ese tono que en la familia Soto venía del lado de don Eliodoro, pelo negro que usaba corto desde los 30 porque le quedaba mejor corto y porque la vida sin pelo que peinar en las mañanas.

Es también una forma de libertad.

Ojos con el mismo café oscuro de Gabriela, pero con una expresión diferente, donde Gabriela tenía la mirada de alguien que evalúa, Valeria tenía la mirada de alguien que espera.

era la hermana cercana, la que llamaba a Gabriela dos o tres veces por semana, la que llegaba a la calle Nogal número 18, con pan de la panadería del barrio antiguo los domingos, sin que nadie tuviera que invitarla, porque en la familia Soto los domingos en casa de Gabriela eran también casa de Valeria, la que conocía a Sergio desde el primer año de noviazgo de Gabriela, la que había estado en la boda, la que había estado en el hospital cuando nacieron Mateo y Sofía, la que había cuidado a los niños cuando Gabriela tuvo aquella semana de gripe fuerte en 2019 y no podía levantarse de la cama.

Y Sergio tenía un cliente urgente en Saltillo, la que tenía el mismo llavero que Gabriela porque lo habían comprado juntas en el mercado de artesanías del barrio antiguo y habían bromeado con que así siempre iban a recordar que eran del mismo barrio.

Esa era Valeria desde afuera.

Lo que había entre Valeria y Sergio desde hacía 9 meses es algo que los mensajes recuperados en los tres teléfonos por los peritos digitales de la Fiscalía de Nuevo León describirían con la objetividad de los datos y sin la dimensión de lo que esos datos significaban para las personas que los habían generado.

meses que incluían los domingos con pan de la panadería, que incluían las llamadas de dos o tres veces por semana a Gabriela, que incluían la Navidad de 2022 donde Valeria había llegado a la cena de la familia Soto con un postre que ella misma había preparado y que don Eliodoro había dicho que era el mejor postre de todas las Navidades juntas.

9 meses de algo que ocurría en los márgenes de todo lo demás con la discreción de los que saben que lo que hacen no puede verse y que han construido la arquitectura del ocultamiento con la misma atención con que construyen todo de más en sus vidas.

Si ya sabes hacia dónde va esto y ya tienes la piel de gallina, quédate porque todavía no sabes lo más difícil.

Los investigadores de la Fiscalía de Nuevo León reconstruyeron la relación entre Sergio y Valeria a través de tres fuentes, los mensajes recuperados en los teléfonos de ambos, los registros de acceso al edificio de Valeria en la colonia Country, que el sistema de seguridad guardaba digitalmente y los testimonios de dos personas que sabían algo y que cuando llegó el momento de declarar eligieron la verdad sobre la lealtad.

Lo que los mensajes mostraban era una conversación que, según los metadatos, había empezado en junio de 2022 con el tono de dos personas que se conocen desde hace años y que en algún momento de ese conocerse encontraron un ángulo diferente al que siempre había tenido, no de golpe, con la gradualidad que tienen las cosas que no deberían crecer, pero que uno deja crecer porque cada paso individual cabe en la categoría de lo que parece razonable, aunque la suma ya no lo Sea, los primeros mensajes de junio hablaban de un proyecto de diseño que Valeria estaba desarrollando y para el que Sergio le había ofrecido consejo fiscal, ordinarios, funcionales del tipo de mensajes que existen entre dos personas que comparten familia y que tienen habilidades complementarias.

Los de julio ya no eran del mismo tipo.

Los registros del edificio de Valeria en la colonia Country documentaban las visitas de Sergio.

7 en agosto, 9 en septiembre, 11 en octubre, 12 en noviembre.

Siempre en los martes, jueves y viernes.

Los mismos días en que Gabriela trabajaba el turno nocturno.

El sistema de seguridad del edificio no sabía nada de lo que esos datos significaban.

Solo registraba la entrada, la fecha, la hora, el nombre del visitante según el registro de acceso.

Sergio Mendoza, martes 20:34.

Sergio Mendoza, jueves 21:17.

Sergio Mendoza, martes 19:58.

tres registros de cada semana durante 9 meses con la regularidad de un compromiso agendado, con la regularidad de algo que nadie había calculado que iba a quedar registrado en un servidor del edificio, al que los investigadores llegarían con una orden judicial semanas después del crimen.

Gabriela subió las escaleras de la calle Nogal número 18 a las 6 y 43 de la mañana del martes 7 de marzo, sin saber qué iba a encontrar arriba.

Solo sabía que el llavero del mercado del barrio antiguo estaba en una bolsa en la silla de la entrada y que Sergio estaba arriba y que los niños estaban en sus cuartos y que algo en la combinación de esas tres cosas a las 6:43 de una mañana de martes no cuadraba de ninguna forma que no fuera la que cuadraba.

Llegó al pasillo del segundo piso.

La puerta de la recámara principal estaba cerrada, la de los niños también.

Gabriela se quedó parada en el pasillo durante un momento.

Luego abrió la puerta de la recámara principal.

Sergio estaba en la cama y junto a Sergio con la sábana hasta los hombros y el pelo corto negro sobre la almohada del lado de Gabriela, estaba la persona que hizo que las rodillas de Gabriela se dieran y que la pared del pasillo fuera lo único que la mantuvo de pie los siguientes segundos.

Porque la cara que se giró cuando Gabriela abrió la puerta no era la cara de una desconocida, era la cara de Valeria, su hermana, 38 años, el mismo café oscuro en los ojos, mirándola desde la almohada del lado de Gabriela.

Gabriela Soto Villanueva se desmayó en el umbral de la puerta de su propia recámara.

Lo que ocurrió en los segundos siguientes fue narrado por Sergio en el interrogatorio con la exactitud de quien ha repetido una secuencia muchas veces en su mente.

Valeria saltó de la cama, llamó a Gabriela por su nombre.

Sergio se levantó.

Los dos la ayudaron a incorporarse en el suelo del pasillo.

Gabriela recuperó el conocimiento en el suelo del pasillo del segundo piso de su propia casa, con las manos de su hermana en su cara, diciéndole su nombre con esa voz que Gabriela había escuchado toda su vida y que en ese momento sonaba desde un lugar que no era el mismo lugar de siempre.

Gabriela abrió los ojos, miró a Valeria.

Valeria la miraba con una expresión que en el interrogatorio Sergio describiría como la expresión de alguien que sabe que no hay nada que decir que alcance para lo que acaba de ocurrir, pero que necesita decir algo.

Valeria dijo, “Gabi.

” Gabriela no respondió, se puso de pie con la pared como apoyo.

Miró a Sergio, miró a Valeria y bajó las escaleras.

No te vayas.

Lo que ocurrió a continuación es lo más importante de esta historia.

Lo que Gabriela hizo en los siguientes 22 minutos es la parte del caso que los peritos psicológicos de la defensa y los de la fiscalía debatirían con más extensión durante el juicio, porque esos 22 minutos son la diferencia entre lo que podría haberse llamado reacción y lo que el Código Penal de Nuevo León necesitaba clasificar de otra forma.

Gabriela bajó a la cocina, se sentó en la silla de la cabecera, no llamó a nadie, no abrió el teléfono, no tomó agua, aunque en 21 años de enfermería había aprendido que el cuerpo después de un shock necesita agua.

Escuchó los movimientos del segundo piso.

Sergio hablando con Valeria en voz baja, Valeria recogiendo sus cosas, los pasos hacia las escaleras.

Valería bajó primero, se paró en la entrada de la cocina, miró a Gabriela.

Gabriela la miró.

Ninguna de las dos dijo nada durante un momento.

Luego Valeria dijo, “Gabi, necesito que me escuches.

” Gabriela no respondió.

Sé que no hay nada que pueda decir que vete, Gabi, que te vayas, Valeria.

Valeria se quedó parada en la entrada de la cocina durante varios segundos más.

Luego tomó su bolsa de la silla de la entrada.

La puerta de la calle Nogal número 18 se abrió y se cerró.

Sergio bajó 10 minutos después.

Se quedó parado en la entrada de la cocina en el mismo espacio donde había estado Valeria.

Gabriela, Gabriela no respondió.

Necesito decirte cuánto tiempo.

Sergio tardó.

Gabriela, déjame explicarte.

Cuánto tiempo, Sergio silencio de varios segundos, 9 meses.

Gabriela asintió una vez lentamente, como quien confirma un cálculo que ya había hecho en algún nivel que todavía no terminaba de procesar.

“Los niños se van a despertar en media hora,” dijo Gabriela.

“No les digas nada, Gabriela.

Los llevas a la escuela como siempre.

Yo me voy a dormir, Gabriela.

Necesitamos hablar.

cuando llegues de llevarlos.

Sergio no dijo nada más y Gabriela Soto Villanueva, 18 años de enfermería de urgencias, 12 horas de turno nocturno encima.

El desmayo del pasillo todavía en el cuerpo subió al segundo piso, entró al cuarto de Sofía.

Se recostó junto a su hija de 7 años que dormía con esa concentración absoluta de los niños que no saben que el mundo que conocen acaba de cambiar de forma irreversible.

y estuvo ahí durante 22 minutos.

No durmió, no lloró.

estuvo con la respiración de Sofía a su lado, con el olor a cuarto de niña, con el sonido de la casa despertando a su alrededor.

Cuando Sergio salió con los niños a las 7:30, Gabriela bajó al segundo piso, fue a la recámara principal, abrió el cajón de la mesita de noche del lado de Sergio, encontró el teléfono de Sergio, lo tomó.

En 21 años de enfermería, Gabriela había aprendido que hay información que una vez obtenida no puede devolverse, que antes de ir a buscarla uno, debería estar seguro de que puede vivir con lo que va a encontrar.

Esa mañana no estaba segura de nada, pero tomó el teléfono de todas formas.

El código de desbloqueo era el año de nacimiento de Mateo.

Gabriela lo sabía porque Sergio se lo había dicho dos años antes cuando le había pedido que revisara un mensaje de trabajo urgente mientras él conducía.

Abrió WhatsApp, buscó a Valeria, leyó.

Tardó 47 minutos en leer los 9 meses de conversación.

47 minutos sentada en la orilla de la cama de la recámara principal con el teléfono de Sergio en las manos y el sol de la mañana de marzo entrando por la ventana y el silencio de la casa vacía alrededor.

Lo que esos mensajes contenían es parte del expediente sellado del caso.

Lo que puede decirse es que no eran solo los mensajes de dos personas que habían tomado una decisión equivocada.

Eran los mensajes de dos personas que habían construido un mundo paralelo con la atención al detalle de quién sabe que ese mundo tiene que mantenerse separado del otro.

Mensajes donde Valeria preguntaba por los niños.

Mensajes donde Sergio contaba cosas de la casa.

mensajes donde los dos hablaban de Gabriela con esa naturalidad perturbadora de quien habla de alguien que existe en su vida y en cuya vida ellos también existen, pero de una forma que esa persona no sabe.

Y había un mensaje de Valeria enviado en diciembre, tres días antes de la cena de Navidad, donde había llevado el postre que don Eliodoro había dicho que era el mejor de todas las Navidades juntas.

El mensaje decía, “El domingo voy a la cena.

¿Crees que Gabi note algo? Sergio había respondido, “No, Gabi nunca nota nada cuando está cansada y siempre está cansada.

” La leyó dos veces.

Gabi nunca nota nada cuando está cansada.

18 años de urgencias, tres turnos nocturnos por semana, 12 horas de pie.

Los pacientes que llegaban sin aire y que salían respirando porque alguien que no estaba cansado de notar las cosas había notado lo que había que notar.

Gabi nunca nota nada cuando está cansada.

Gabriela puso el teléfono en el suelo.

Se quedó mirando el suelo de la recámara principal durante un tiempo que no pudo cuantificar después.

Luego fue a la cocina, abrió el cajón de los utensilios y esperó a que Sergio llegara de llevar a los niños.

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Sergio llegó a las 8:4, abrió la puerta de la calle Nogal número 18.

Fue directo a la cocina.

Gabriela estaba de pie junto a la barra.

Sergio se sentó en la silla de la cabecera.

Gabriela, necesito que me escuches.

Gabriela lo miró.

¿Leíste los mensajes?, preguntó Sergio, mirando el teléfono que estaba en el suelo junto a la cama cuando había regresado a buscar las llaves del carro de los niños.

Sí, Gabriela, lo que leíste.

Sergio, una pregunta.

Dime el de diciembre, el que dice que nunca noto nada cuando estoy cansada.

Sergio no respondió de inmediato.

¿Cuándo decidiste eso? ¿Cuándo decidiste que el cansancio mío era una ventaja para ti? No lo decidí así.

Eso fue cuando Sergio bajó la vista.

Y en ese momento, en ese bajar la vista de Sergio, algo en Gabriela Soto Villanueva, llegó al otro lado de las 12 horas de turno y del desmayo en el pasillo y de los 47 minutos de mensajes y de los 22 minutos junto a Sofía.

llegó al otro lado de todo eso, al lugar donde ya no había contención disponible.

Lo que ocurrió en la cocina de la calle Nogal número 18 entre las 8:4 y las 8:16 de la mañana del martes 7 de marzo de 2023 fue documentado por los peritos de criminalística de la fiscalía.

De nuevo León con el nivel de detalle que requiere convertir lo que ocurre en una cocina en algo que un juzgado pueda procesar.

El cuchillo que Gabriela tenía en la mano cuando Sergio llegó era de los que están en el cajón de los utensilios de cualquier cocina, no de los grandes, de los medianos, de los que se usan para partir las verduras del caldo y para rebanar el pan, y para las cosas cotidianas que hacen que un cuchillo de cocina sea lo más ordinario del mundo hasta que deja de serlo.

Sergio Mendoza Ríos, 41 años, contador público, esposo de Gabriela desde hacía 13 años.

Padre de Mateo y Sofía, fue trasladado al Hospital Universitario de Monterrey con heridas graves a las 8:22 de la mañana del martes 7 de marzo.

Sobrevivió.

Pasó 4 días en terapia intensiva y 12 en recuperación.

fue dado de alta con la instrucción de no hacer esfuerzo físico durante 3 meses y con la recomendación de seguimiento psicológico, que en el lenguaje médico es también una forma de decir que lo que ocurrió tiene consecuencias, que él cuerpo no puede resolver solo.

Gabriela llamó al 911 a las 8:16.

Necesito una ambulancia en la calle Nogal número 18, colonia San Jerónimo, Monterrey.

Hay una persona herida en la cocina.

Soy Gabriela Soto.

Vivo aquí.

Yo fui.

Estoy en la cocina.

No me voy a mover.

La operadora le preguntó el estado de la persona herida.

Gabriela describió las heridas con la precisión de 18 años de enfermería.

La operadora tardó un momento en responder porque no era habitual que el autor de las heridas las describiera con terminología clínica.

Es usted médico, enfermera.

Las primeras dos patrullas llegaron a las 8:29.

Encontraron a Gabriela sentada en el suelo de la cocina junto a Sergio con las manos aplicando presión en la herida con un trapo de cocina mientras esperaba la ambulancia porque en 18 años de urgencias había aprendido que la presión directa es lo primero que se hace y que ese aprendizaje no desaparece aunque la situación sea la que era.

Cuando llegaron los paramédicos, Gabriela se hizo a un lado, los dejó trabajar, los miró trabajar con la cara de quien ha visto muchas veces lo que están haciendo y que sabe exactamente qué va a pasar a continuación.

Cuando el paramédico le dijo que iban a trasladarlo, Gabriela asintió.

Lo único que preguntó fue si iban a llevarlo al universitario.

El paramédico dijo que sí.

Gabriela asintió de nuevo.

Ahí lo conocen dijo.

Yo trabajo ahí.

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El agente ministerial a cargo del caso fue Rodrigo Castillo Bravo, 45 años, 13 de servicio en homicidios de la Fiscalía de Nuevo León.

Llegó a la escena a las 9:4 de la mañana.

Revisó la cocina, revisó la recámara, revisó el teléfono de Sergio en el suelo junto a la cama.

leyó el mensaje de diciembre, lo leyó dos veces.

Luego fue donde estaba Gabriela, que para ese momento había sido llevada a la sala mientras esperaba el traslado.

Se sentó frente a ella.

¿Está usted herida? No.

¿Necesita atención médica? No.

¿Sabe dónde están sus hijos? En la escuela.

Sergio los llevó antes de que llegara.

No saben nada.

El agente Castillo anotó eso.

¿Puede contarme qué pasó esta mañana? Gabriela habló durante 42 minutos en esa sala antes de llegar al Ministerio Público con la misma claridad con que entregaba los reportes de turno, secuencial, sin omisiones, sin adornos, el llavero en la bolsa, el desmayo en el pasillo, los 22 minutos junto a Sofía, los 47 minutos de mensajes, el mensaje de diciembre.

Cuando llegó a ese mensaje, la gente Castillo la detuvo.

Ese fue el detonador.

Gabriela tardó en responder.

Ese fue el que lo hizo comprensible.

¿Comprensible cómo? Comprensible en el sentido de que lo que hice tuvo una razón, aunque la razón no justifique lo que hice.

El agente Castillo anotó eso.

Tenía usted sospechas antes de esta mañana, no de Valeria.

de que hubiera algo.

Gabriela miró la mesa.

Tenía el cansancio.

Siempre tenía el cansancio.

Y cuando uno está muy cansado, archiva las cosas que no debería archivar porque el cansancio no deja espacio para procesarlas.

Y esta mañana, esta mañana no estaba más descansada que otras mañanas, pero había una bolsa en la silla de la entrada con un llavero que no era el mío.

El agente Castillo cerró la libreta durante un momento.

Gabriela, ¿sabe dónde está su hermana? Gabriela levantó la vista.

No, se fue antes de que yo bajara del cuarto de Sofía.

¿Tiene alguna idea de a dónde fue? Gabriel tardó.

A casa de mi mamá.

Es el único lugar a donde va Valeria cuando necesita ir a algún lado.

El agente Castillo lo anotó.

Tenía razón.

Valeria Soto Villanueva fue localizada en el departamento de Doña Amparo, en el barrio antiguo, a las 11:17 de la mañana del mismo martes.

Estaba sentada en la sala con una taza de té que no había tocado y la cara de quien llegó hace horas y que desde que llegó no sabe exactamente qué está esperando.

Doña Amparo estaba junto a ella con la cara de las madres que recibieron a su hija sin saber por qué.

llegaba así y que para cuando entendieron el por qué ya no había forma de no haberla recibido.

Valeria declaró esa tarde con la voz de quien ha estado preparando lo que va a decir desde antes de que alguien le pidiera que lo dijera.

Confirmó la relación con Sergio.

Dijo que había empezado en junio del año anterior.

Dijo que no la había buscado.

Dijo que eso no cambiaba nada de lo que era.

Su hermana sabía.

le preguntó el agente.

No, nunca sospechó que podría descubrir.

Valeria tardó en responder.

Uno sabe siempre que puede descubrir.

Lo que uno no sabe es cuándo.

Y si hubiera sabido que era ese martes, silencio de varios segundos, hubiera ido de todas formas.

El agente que la interrogaba anotó eso y no preguntó más sobre ese punto porque había respuestas que dicen todo lo que hay que saber y que hacer más preguntas encima solo las diluye.

La sala de interrogatorios de la Fiscalía de Nuevo León.

Gabriela llegó a las 2 de la tarde todavía con el uniforme del hospital.

Le ofrecieron agua y café, aceptó los dos, leyeron sus derechos.

Dijo que hablaría.

La agente ministerial Sofía Ramos Alcántara, 42 años 11 de servicio, se sentó frente a ella.

Gabriela, ¿cuándo decidiste lo que hiciste? Gabriela tardó en responder.

No lo decidí de la forma en que se deciden las cosas.

¿De qué forma? Cuando Sergio entró a la cocina, yo tenía el cuchillo en la mano porque lo había sacado del cajón mientras esperaba.

No sé en qué momento lo saqué.

Sé que lo saqué.

¿Para qué lo sacaste? No lo sé.

Tenías intención de usarlo.

Gabriela miró la mesa durante un momento.

Tenía intención de que Sergio lo viera.

Y cuando lo vio, cuando lo vio, dijo mi nombre.

Y yo pensé en el mensaje de diciembre, en que nunca noto nada cuando estoy cansada.

Y entonces ya no estaba esperando a que Sergio viera el cuchillo, ya estaba haciendo lo que hice.

La agente Ramos anotó eso.

declaración.

Esa secuencia que Gabriela describía entre el cuchillo y el mensaje y lo que ocurrió sería el elemento más debatido del juicio, porque en esa secuencia había algo que la fiscalía llamaría planificación y que la defensa llamaría colapso y que en realidad era las dos cosas al mismo tiempo de una forma que ninguna categoría legal captura completamente.

Pensaste en tus hijos todo el tiempo y eso no te detuvo.

Gabriela levantó la vista.

Lo que detiene a las personas en esos momentos no es lo que uno piensa que las detiene.

Cuando uno está en ese punto, las cosas que deberían detener ya no tienen el mismo peso que tienen desde afuera.

La agente Ramos escribió eso y subrayó la última frase.

Una última pregunta por ahora.

Si Sergio hubiera sido cualquier otra persona y no con tu hermana habrías reaccionado igual.

Gabriela tardó más en responder esa pregunta que cualquier otra.

No lo sé.

Probablemente no de esa forma.

Lo de Sergio sola ya era demasiado, pero lo de Valeria era lo que hacía que todo lo demás pesara diferente.

Porque Valeria es la persona que llama dos veces por semana para saber cómo estoy, que sabe cuándo estoy cansada porque me lo pregunta, que estaba en el hospital cuando nacieron mis hijos, que trajo el postre de la Navidad, se quedó callada un momento, que tiene el mismo llavero que yo.

La agente Ramos cerró la libreta y en esa frase final, que tiene el mismo llavero que yo, estaba todo el peso de esta historia, de una forma que ningún alegato de apertura y ningún alegato de cierre podía capturar con la misma precisión.

Gabriela Soto Villanueva fue vinculada a proceso el 9 de marzo de 2023, dos días después de los hechos.

Bajo los cargos de tentativa de homicidio calificado con las agravantes de premeditación y ventaja dado que Sergio sobrevivió.

La Fiscalía de Nuevo León asignó el caso a la fiscal Mariana Gutiérrez Peña, 44 años, 15 de experiencia en delitos de alto impacto.

Su argumento sobre la premeditación descansaba en los momentos entre el llávero en la bolsa y el cuchillo en la mano, el desmayo, los 22 minutos junto a Sofía, los 47 minutos de mensajes, el regreso de Sergio de llevar a los niños, una secuencia con tiempo suficiente para reflexionar y desistir.

La defensa recayó en la abogada Claudia Espinosa Vidal, 49 años, con 16 años de experiencia en Nuevo León.

conocida en los juzgados del Estado como la defensora que entiende que hay traiciones, que el código no tiene categorías para contener.

Su argumento colapso disociativo severo producido por una traición de una especificidad sin precedente.

No solo la infidelidad del esposo, no solo la identidad de la persona con quien el esposo la había cometido, sino la acumulación específica de 18 años de enfermería y de un turno nocturno de 12 horas y de un desmayo y de 22 minutos junto a la hija y de 47 minutos de mensajes que incluían el mensaje de diciembre.

Todo eso acumulado en menos de 2 horas producía un estado en que la capacidad de evaluación racional quedaba suspendida aunque externamente la persona siguiera funcionando.

Y el mensaje de diciembre en particular, que el cansancio de Gabriel había sido usado como ventana de oportunidad era también una forma de violencia que la ley no tipificaba de esa forma, pero que el contexto moral del caso no podía ignorar.

Era un argumento sólido con respaldo pericial.

El problema era el cuchillo.

El cuchillo sacado del cajón antes de que Sergio llegara.

Ese cuchillo en la mano antes de que Sergio entrara a la cocina era lo que la fiscalía llamaría preparación y lo que la defensa llamaría mecanismo de defensa inconsciente y que el juez tendría que decidir cuál de las dos lecturas era la que los hechos sustentaban con más fuerza.

El juicio oral se celebró en el juzgado de oralidad penal de Monterrey en octubre de 2023.

7 meses después de los hechos.

Duró 9 días.

El cuarto día fue el más difícil.

Sergio Mendoza declaró como testigo.

Llegó a la sala con las cicatrices que los meses habían reducido, pero no eliminado, y con la expresión de quien sabe que lo que va a decir en esa sala es lo más incómodo que ha dicho en su vida y que sin embargo, tiene que decirlo porque el sistema lo requiere.

La fiscal lo interrogó primero.

Sergio, ¿puede confirmar que tenía una relación con Valeria Soto Villanueva? Sí.

¿Desde cuándo? Desde junio del año anterior.

Gabriela lo sabía.

No, Valeria sabía que usted estaba casado con su hermana.

Pausa de varios segundos.

Sí, desde el principio.

Desde el principio.

Y eso no fue un impedimento.

Sergio miró la mesa.

Debió serlo.

La abogada Espinoza lo contrainterrogó.

Sergio, ¿en algún momento pensó en decirle la verdad a Gabriela antes del 7 de marzo? Sí, varias veces.

¿Y por qué no lo hizo? Sergio tardó porque siempre había una razón para esperar.

Qué razón, que Gabriela tenía turno, que los niños tenían examen, que había una cosa y después otra y siempre había algo.

Y si no hubiera habido siempre algo.

Sergio miró a Gabriela en el banquillo durante un momento.

Esa es la pregunta que me hago todos los días.

La sala escuchó eso en silencio.

El séptimo día declaró Valeria.

llegó a la sala con la misma compostura que Gabriela había descrito en las declaraciones anteriores como la compostura de alguien que ha decidido no quebrarse en público, aunque se esté quebrando en privado.

Miró a Gabriela cuando entró.

Gabriela la miró.

Las dos hermanas, la mayor en el banquillo, la menor en la silla de testigos, el mismo café oscuro en los ojos, el pelo corto de Valeria, la coleta de Gabriela.

El juez dejó que ese momento existiera durante los segundos que existió.

Luego la fiscal empezó.

Valeria puede confirmar su relación con Sergio Mendoza.

Sí.

¿Sabía que Gabriela no lo sabía? Sí.

En algún momento pensó en decírselo.

Valeria tardó todos los días.

¿Y por qué no lo hizo? Silencio largo, porque decírselo significaba perder a Sergio y perder a Gabriela al mismo tiempo.

Y no encontré la forma de perder las dos cosas juntas.

Y ahora las tiene.

Valeria miró a su hermana.

Gabriela la miraba.

Ahora las tengo de todas formas, dijo Valeria.

Solo que de una forma diferente a la que hubiera elegido.

La abogada Espinoza no hizo preguntas adicionales.

El fiscal tampoco necesitaba más.

Las dos hermanas se miraron durante un momento más antes de que Elugier indicara a Valeria que podía retirarse.

Nadie en la sala supo exactamente qué había en esa mirada.

Probablemente las dos tampoco lo sabían del todo.

El noveno día del juicio, la jueza Adriana Moreno Iváñez, 51 años, 18 de carrera judicial, leyó el veredicto.

culpable de lesiones graves con agravante de ventaja, no tentativa de homicidio calificado porque la evidencia era consistente, con una acción que no tenía como fin establecido la muerte, sino la descarga de un estado emocional que había encontrado en el cuchillo, el canal de salida más inmediato disponible.

La agravante de premeditación no quedó demostrada en los términos que el Código Penal de Nuevo León requería, porque el cuchillo sacado del cajón podía interpretarse como preparación o como el automatismo de una mujer de 18 años de urgencias que frente a una situación de crisis hace lo que el entrenamiento le dice que haga, aunque el entrenamiento en urgencias diga cosas distintas a las de esa cocina.

La duda razonable trabajó a favor de la defensa en ese punto específico, la sentencia 8 años de prisión con posibilidad de revisión a los cinco si Gabriela completaba los programas de reinserción y mantenía conducta sin incidentes.

8 años.

Gabriela Soto Villanueva tenía 40 años en el momento de los hechos.

Con buena conducta saldría los 45.

En la sala de audiencias, don Elodoro Soto, el padre 72 años, técnico en refrigeración jubilado, escuchó los 8 años con las manos apoyadas en las rodillas y la vista al frente.

Cuando la jueza terminó de leer, don Heliodoro bajó la vista.

A su izquierda estaba doña Amparo.

A su derecha había una silla vacía, porque Valeria no asistió al juicio el noveno día, no porque no tuviera derecho, sino porque doña Amparo le había dicho que ese día no era el día de Valeria, que ese día era el día de Gabriela y que Valeria podía estar presente de otras formas que no requirieran que las dos hermanas estuvieran en el mismo espacio con todos los que estaban mirando.

Valeria había aceptado eso y doña Amparo, que había enseñado piano durante 28 años y que había aprendido en ese oficio que algunas notas no suenan bien juntas, aunque sean de la misma escala, supo en ese momento que lo que había hecho era también una forma de cuidar las dos cosas al mismo tiempo, aunque ya no fuera posible cuidarlas de la forma en que siempre las había cuidado.

Gabriel Soto Villanueva llegó al Centro de Reinserción Social Femenil de Nuevo León en noviembre de 2023.

Fue asignada al área de salud del penal como auxiliar de enfermería bajo supervisión del médico del centro.

La asignación más obvia del mundo para una enfermera líder de turno con 18 años de experiencia en urgencias.

Gabriela tomó el trabajo con la misma actitud con que había tomado todos los trabajos de su vida, llegando antes, haciendo bien lo que había que hacer, dejando la estación más ordenada de cómo la había encontrado.

Mateo y Sofía viven con Sergio en la calle Nogal número 18.

Sergio había contratado a una señora de la colonia para que los ayudara en las mañanas mientras él llevaba el despacho adelante.

Los niños van a la escuela, hacen la tarea.

Los sábados van al parque de la colonia.

Mateo, 10 años fue a visitar a su mamá una vez en enero con Sergio, que esperó afuera mientras el niño estaba en el locutorio.

Se sentó frente a Gabriela con el vidrio entre los dos y la mirada de los 10 años que ya entienden demasiado, aunque no tengan todavía el vocabulario para decir lo que entienden.

Le preguntó cuándo regresaba.

Gabriela le dijo que en unos años.

Mateo dijo que estaba bien.

No preguntó por qué estaba ahí.

No todavía.

Con el tiempo preguntará y cuando pregunte a alguien tendrá que responder con lo que haya disponible en ese momento.

Sofía, 7 años, no fue esa vez.

Sergio y el psicólogo que los acompañaba en el proceso consideraron que todavía era demasiado pequeña para el locutorio.

Sofía preguntó por su mamá con esa persistencia de los 7 años, que cuando quieren saber algo, preguntan hasta que alguien responde.

Sergio le dijo que su mamá estaba en un lugar donde tenía que estar un tiempo y que cuando pudiera iba a volver.

Sofía preguntó si podía mandarle un dibujo.

Sergio dijo que sí.

Sofía hizo un dibujo de la familia en el parque de la colonia.

Don Eliodoro con su sombrero, doña Amparo con el vestido azul.

Mateo en el columpio, ella con el vestido amarillo.

Gabriela con la coleta y el uniforme del hospital.

Sergio junto a Gabriela, todos juntos en el parque, como si nada hubiera cambiado, como dibujan los niños que todavía creen que el mundo puede volver a ser lo que era, aunque los adultos que los rodean sepan que eso que dibujan ya no existe de esa forma.

Sergio recibió el dibujo, lo miró durante un momento, le dijo a Sofía que a mamá le iba a encantar y fue al cuarto a doblar el dibujo para el sobre, solo para que Sofía no viera lo que tenía en la cara cuando lo miró.

Doña Amparo va a visitar a Gabriela el primer sábado de cada mes con el camión desde el barrio antiguo hasta el cerezo femenil, que son 40 minutos.

Le lleva comida preparada desde la noche anterior.

Le pregunta cómo está el trabajo en el área de salud.

Le cuenta de los niños, le cuenta de don Elodoro, que tiene la rodilla mala desde enero, no le habla de Valeria, Gabriela no le pregunta.

Y en ese silencio sobre Valeria que existe entre doña Amparo y Gabriela en el locutorio del primer sábado de cada mes, hay todo lo que esta historia tiene y que todavía no tiene forma de decrse.

Valeria Soto Villanueva sigue viviendo en el departamento de la colonia Country.

Trabaja desde casa como siempre.

Tiene los mismos clientes de siempre.

Llega puntual a sus entregas.

Paga la renta el primero de cada mes.

No llama a Gabriela, no va a las visitas del cerezo.

No va a las comidas del domingo en casa de don Eliodoro y doña Amparo, que han seguido ocurriendo con la presencia que puede haber y con las ausencias que se notan, aunque nadie las nombre en voz alta.

Tiene el mismo llavero que Gabriela.

todavía lo tiene.

Lo ha mirado muchas veces desde el 7 de marzo.

Nunca ha decidido qué hacer con él.

No tirarlo sería una cosa, seguir llevándolo sería otra.

No ha decidido cuál de las dos es la que puede sostener.

Y mientras no decide, lo deja en el cajón de la entrada de su departamento, donde lo dejó esa noche de marzo, cuando llegó a casa de doña Amparo, y se sentó en la sala con la taza de té que no tocó y la cara de quien llegó hace horas.

y que desde que llegó no sabe exactamente qué está esperando.

Esta historia no tiene un lugar donde terminar limpiamente.

Tiene a Gabriela, que pasó 18 años aprendiendo a notar lo que otros no notaban.

Porque en urgencias notar a tiempo es la diferencia entre lo que se puede arreglar y lo que ya no.

que esa misma mañana de martes llegó a su casa con 12 horas de turno encima y notó un llavero en una bolsa y siguió notando hasta que ya no pudo no notar más.

que lo que hizo con lo que notó es algo que el Código Penal de Nuevo León clasificó de una forma y que deja sin respuesta a la pregunta de que hace una persona cuando lo que tiene que procesar es demasiado grande para el tiempo que tiene.

para procesarlo.

Tiene a Sergio, que confundió el cansancio de Gabriela con permiso, que encontró en las noches de turno un espacio que no era suyo para llenar y que lo llenó de todas formas.

Que el mensaje de diciembre es quizás el detalle más honesto y más devastador de todo el expediente, porque en ese mensaje está todo lo que Sergio pensaba de verdad sobre el cansancio de su esposa y sobre lo que ese cansancio le permitía.

Hacer.

Tiene a Valeria.

que llevó el postre de la Navidad y que llamaba dos veces por semana y que tiene el mismo llavero que su hermana y que en algún punto de 9 meses encontró una forma de ser en el mundo que necesitaba que su hermana no supiera que existía, que ese llavero en el cajón de la entrada de su departamento es también esta historia en miniatura, algo que no se puede tirar porque tiene demasiado peso y que no se puede usar porque tiene demasiado peso, algo que existe en el medio sin que nadie haya haya decidido todavía qué hacer con él.

Y tiene a Sofía 7 años que hizo un dibujo del parque de la colonia con todos juntos como si nada hubiera cambiado.

Porque para Sofía todavía no ha cambiado del todo.

Todavía no entiende del todo que el dibujo que hizo ya no es el mundo que existe.

Eso llegará con el tiempo, con las preguntas que vienen después, con las respuestas que los adultos de su vida tendrán que encontrar cuando lleguen esas preguntas.

Ese es el peso que esta historia deja en las personas que la cargaron y que la seguirán cargando cuando este relato termine.

No el crimen, no el juicio, no la sentencia, sino Sofía con su dibujo en el cuarto y el llavero en el cajón de Valeria y Doña Amparo en el camión del primer sábado de cada mes, y el silencio en el locutorio sobre lo que no se dice.

En la colonia San Jerónimo de Monterrey, la calle Nogal sigue siendo la misma calle.

Los árboles del camellón en primavera tienen las hojas nuevas.

Los vecinos riegan sus jardines los sábados.

Los niños del parque de la colonia llenan las bancas los fines de semana.

En el número 18, las luces se encienden por la tarde.

Cuando Sergio llega con Mateo y Sofía, la colonia sigue.

Pero bajo esa normalidad de árboles en camellón y luces de tarde y niños en el parque, hay grietas que tienen formas muy específicas.

La forma de un llavero de cuero café con bordado igual al de su hermana en la silla de la entrada.

La forma de 12 horas de turno nocturno y de un desmayo en el pasillo.

La forma de un mensaje de diciembre que decía que nunca nota nada cuando está cansada.

grietas que no cierran solas, que nunca cierran solas y que en este caso tienen también la forma del mercado del barrio antiguo, donde dos hermanas compraron dos llaveros iguales y bromearon con que así siempre iban a recordar que eran del mismo barrio.

Mismo barrio, mismos padres, mismo llavero, todo lo mismo, hasta que no.

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Necesito escucharlo.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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