ESPOSA EJECUTA A SU MARIDO INFIEL EN MONTERREY — DESCUBRIÓ QUE LA ENGAÑABA CON SU HERMANASTRA

El miércoles 8 de marzo de 2023 a las 11:4 de la mañana, Sandra Peña Villarreal llegó al consultorio del doctor Estrada en la clínica Santa Isabel de Monterrey, con la cita que llevaba dos semanas esperando y con la certeza tranquila de las mujeres que saben que lo que van a escuchar es bueno.

Tenía 38 años.

Llevaba 6 meses buscando el embarazo con Rodrigo y el análisis de sangre del lunes había dado positivo.

Sandra había llegado sola porque Rodrigo tenía una junta en la empresa que no podía mover y porque Sandra había dicho que estaba bien, que era solo la confirmación del resultado, que luego le contaba.

El doctor Estrada la recibió con la expresión de los médicos que tienen buenas noticias y que saben que las buenas noticias merecen un momento.

Le confirmó el embarazo.

Seis semanas, le explicó los próximos pasos, los suplementos, la alimentación, la primera ecografía en dos semanas.

Sandra escuchó todo con esa calma específica de las personas que llevan tiempo esperando algo y que cuando llega necesitan unos segundos para profesar que ya está.

Luego le preguntó al doctor si podían revisar en el sistema si había algún historial previo que él necesitara conocer.

Rutina.

Pregunta de protocolo.

El doctor Estrada abrió el expediente de Sandra en el sistema y mientras lo revisaba, en algún momento de esa revisión, su expresión cambió de una forma que Sandra notó antes de que él dijera nada.

una expresión pequeña, el ajuste de quien encuentra algo que no esperaba encontrar y que necesita un segundo para decidir cómo manejarlo.

¿Todo bien, doctor?, preguntó Sandra.

El doctor Estrada cerró la pantalla.

Sí, todo bien, solo revisando.

Sandra lo miró.

38 años.

gerente de recursos humanos de una empresa de manufactura de Monterrey.

15 años leyendo expresiones en entrevistas y en evaluaciones de desempeño y en conversaciones difíciles donde lo que la persona dice y lo que la persona siente no siempre son lo mismo.

Doctor, ¿qué vio? El doctor Estrada tardó.

Sandra, hay algo en el sistema que quizás debería revisarse.

Un registro anterior vinculado a tu número de seguro que no corresponde a tu historial.

¿Qué tipo de registro? Silencio de varios segundos.

Un registro de embarazo reciente del mes pasado.

Sandra lo miró.

Yo no tuve ningún embarazo el mes pasado.

Lo sé.

Por eso digo que quizás es un error del sistema.

Puede ser una confusión de número.

A nombre de quién está ese registro, el Dr.

Estrada dudó.

Luego giró la pantalla hacia Sandra.

Sandra leyó el nombre y el mundo que había llegado a esa clínica esa mañana con la confirmación de un embarazo y con la calma específica de las buenas noticias se detuvo completamente.

El nombre en la pantalla no era el de ella, era el de Valeria.

Valeria Peña Domínguez, su hermanastra.

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Esta historia no termina donde crees que termina.

Dale ya.

Quédate hasta el final porque hay un detalle sobre lo que Sandra encontró en el teléfono de Rodrigo esa misma tarde, sobre los mensajes que llevaba meses existiendo ahí en silencio, que el agente ministerial a cargo del caso describiría en sus notas como la traición más calculada entre personas de la misma sangre que he procesado en 16 años.

Porque Valeria no fue un accidente en la vida de Rodrigo.

Fue una decisión sostenida durante dos años que incluyó un embarazo que alguien intentó borrar antes de que Sandra lo encontrara.

Hazte una bebida.

Lo que tengas, siéntate bien.

Listo, arrancamos.

Monterrey, Nuevo León, la ciudad del norte que no regala nada y que en sus colonias residenciales de clase media guarda vidas que desde afuera parecen ordenadas.

y que desde adentro tiene la complejidad de todas las vidas donde las personas son más de una cosa.

Al mismo tiempo, la colonia Cumbres está al poniente de Monterrey, en una zona de fraccionamientos donde las calles tienen nombres de árboles y donde las casas de dos plantas, con cochera techada y jardín al frente representan el resultado concreto de años de trabajo acumulado.

vecinos que se conocen de vista, perros en los jardines, el parque de la colonia con bancas donde los domingos hay familias.

En la calle Cedro número 112 vivían Sandra y Rodrigo desde hacía 4 años.

La casa que habían comprado cuando se casaron, la casa que habían amueblado juntos con la seriedad de los que saben que lo que están construyendo va a durar.

Y en un departamento de la colonia del Valle, a 18 minutos en carro, vivía Valeria.

18 minutos.

Esa era la distancia entre Sandra y la persona que llevaba 2 años, siendo otra cosa con el hombre de Sandra.

18 minutos que Valeria recorría con la regularidad documentada que los investigadores encontrarían después en los registros de su teléfono y en los registros de acceso del edificio donde vivía Rodrigo cuando viajaba por trabajo.

18 minutos entre la hermanastra y la traición.

Sandra Peña Villarreal nació el 14 de enero de 1985 en Monterrey, hija única de don Gerardo Peña, ingeniero en telecomunicaciones, y de doña Miriam Villarreal, que había dirigido el área de marketing de una empresa de distribución de alimentos durante 20 años antes de retirarse anticipadamente por problemas de salud.

creció en Monterrey con esa identidad regiomontana de hija única de familia profesional, donde las expectativas eran altas y donde las herramientas para cumplirlas también.

Estudió administración de empresas en el Tec de Monterrey, maestría en recursos humanos en la HAN.

entró a trabajar como coordinadora de Raj en una empresa de manufactura de la colonia industrial y había subido hasta gerencia en 8 años porque Sandra era del tipo de personas que cuando tienen un objetivo lo trabajan con metodicidad hasta alcanzarlo.

Medía 1,64, complexión delgada que el yoga dos veces por semana mantenía con la constancia de quien entiende que el cuerpo necesita atención sistemática igual que cualquier otro sistema.

pelo negro lacio hasta los hombros que recogía en coleta para el trabajo y que dejaba suelto los fines de semana.

Ojos cafés oscuros con esa mirada de alerta de los que leen personas como oficio.

En el trabajo la conocían como la licenciada Sandra o simplemente la gerente directa, justa, de las que cuando hay un problema lo dicen en voz alta y proponen la solución en el mismo párrafo.

Porque llegar con un problema sin solución es también un problema.

Se había casado con Rodrigo en 2019 en una ceremonia en el Camino Real de Monterrey con 160 personas y un vestido que su madre había ayudado a elegir en tres visitas a la misma boutique hasta que encontraron el correcto.

4 años de matrimonio, un proyecto de hijo que había llegado esa mañana de marzo en forma de confirmación y una pantalla de clínica que lo cambió todo.

Rodrigo Cárdenas Ibáñez tenía 42 años, director de operaciones de una empresa de logística con sede en el parque industrial Santa Catarina, originario de Saltillo en Monterrey desde los 24, casado con Sandra desde 2019, alto complexión que los 42 años y el trabajo de dirección habían mantenido en ese punto de equilibrio entre la forma de la juventud y el peso de los que ya no van al gimnasio con la frecuencia que deberían.

Pelo negro con entradas marcadas en las cienes, traje de martes y jueves, camisa de los otros días, la voz de los que dan órdenes con la naturalidad de quien ha aprendido que el tono importa tanto como el contenido.

En el trabajo lo conocían como el director Cárdenas, eficiente, exigente, de los que revisan los detalles, porque los detalles son donde los proyectos fallan.

En la colonia era el señor Rodrigo o el esposo de Sandra, que es la forma en que en las colonias residenciales se conoce a los hombres cuyas esposas tienen más presencia en el espacio comunitario.

El matrimonio con Sandra era desde afuera uno de los sólidos.

Dos profesionales con buenos empleos, casa propia, proyecto de vida compartido.

Desde adentro tenía lo que tendrían que revelar los mensajes recuperados después del crimen, la grieta que nadie ve desde afuera hasta que el edificio ya se cayó.

2 años de grieta.

dos años de algo que había empezado con Valeria y que había crecido con la persistencia de las cosas que uno decide no cerrar, aunque sepa que debería, y que había producido el mes anterior al miércoles de la clínica un embarazo que Rodrigo y Valeria habían intentado resolver antes de que llegara a ser la información que Sandra encontró en esa pantalla.

No lo habían resuelto a tiempo, un solo día.

un registro en el sistema de la clínica que por un error de vinculación de número de seguro había quedado asociado al expediente de Sandra.

Un error administrativo del tipo que nadie planifica, del tipo que cuando ocurre produce consecuencias que nadie calculó.

Valeria Peña Domínguez tenía 34 años.

La hermanastra de Sandra, hija de don Gerardo Peña, el mismo padre de Sandra y de Carmen Domínguez, la segunda esposa de don Gerardo, con quien se había casado cuando Valeria tenía 2 años y Sandra siete.

4 años de convivencia en la misma casa cuando las dos eran niñas.

La habitación de Sandra al final del pasillo, la de Valeria junto a la escalera, las cenas del domingo con don Gerardo y Carmen, los veranos en casa de los abuelos de don Gerardo en San Pedro, donde las dos compartían la misma recámara de visitas.

Luego el divorcio de don Gerardo y Carmen cuando Valeria tenía 11 años y Sandra 16.

Luego la separación geográfica que el divorcio de los padres produce en los hijos que no son hermanos de sangre completa.

Valeria con Carmen, Sandra con doña Miriam, las mismas ciudades, pero en distintas casas, el contacto que fue haciéndose menos frecuente con los años y que en la adultez se había estabilizado en el tipo de relación que tienen las hermanas tras, que no crecieron completamente juntas y que en las reuniones del padre compartido se saludan con el afecto tibia de quien comparte un origen, pero no una historia completa.

hasta que esa distancia tibia había cambiado.

Dos años antes, cuando Valeria había llegado a Monterrey desde Guadalajara buscando trabajo en el área de diseño industrial, y Sandra había dicho que, por supuesto, que podía quedarse en la casa de la calle Cedro mientras encontraba departamento.

Tr meses.

Valería había vivido tres meses en la casa de Sandra y Rodrigo.

Tres meses en que había conocido a Rodrigo no como el esposo de su hermanastra en las reuniones del padre.

sino como la persona con quien compartía el desayuno y el café de la tarde y las conversaciones de los sábados cuando Sandra tenía trabajo y se quedaban los dos solos en la casa.

Los investigadores nunca pudieron establecer con exactitud en qué momento de esos tres meses había empezado lo que había empezado.

Los mensajes recuperados en los teléfonos de ambos empezaban en el segundo mes.

Lo que eso significaba sobre el primero es algo que el expediente dejó abierto.

Valeria había encontrado departamento al final del tercer mes.

Había salido de la calle Cedro con sus maletas y su caja de herramientas de diseño y el agradecimiento de quien sabe que le dieron algo que no olvidará.

Sandra la había abrazado en la puerta.

Le había dicho que cuando necesitara cualquier cosa, Valeria le había dicho que para eso estaban las hermanas.

y había salido y había seguido.

Si ya sientes a dónde va esto y la piel se te está poniendo de gallina, quédate porque lo más oscuro todavía no ha llegado.

Sandra salió de la clínica Santa Isabel a las 11:42 de la mañana del miércoles 8 de marzo.

No llamó a Rodrigo, no llamó a nadie.

Se sentó en su carro en el estacionamiento de la clínica durante varios minutos con el teléfono en la mano y la pantalla apagada.

Luego abrió el teléfono, buscó en el directorio de la clínica el número de administración, llamó, le preguntó a la persona que contestó cómo podía ser posible que un registro de otra paciente apareciera vinculado a su expediente.

La persona de administración le explicó que ocasionalmente cuando dos pacientes compartían el mismo número de asegurado o cuando había un error de captura, en el sistema, los expedientes podían cruzarse.

Sandra preguntó si podía saber el número de asegurado de la otra paciente.

La persona dijo que eso era información confidencial.

Sandra dijo que entendía, que gracias.

Colgó.

Pensó durante varios minutos.

Luego llamó a su oficina.

Dijo que tenía una diligencia personal y que llegaba después del mediodía.

Colgó.

Manejó a la calle Cedro número 120.

Entró a la casa, fue directo al estudio de Rodrigo, tomó su laptop, no tenía contraseña porque en 4 años de matrimonio nunca había habido razón para ponerla.

Abrió el correo de Rodrigo, buscó el nombre de Valeria, encontró dos correos, uno de trabajo de hace 3 años, otro de hace 8 meses.

El segundo correo no era de trabajo, lo abrió.

Era una confirmación de reserva de hotel.

Hotel Safi Royal Luxury en Monterrey.

Una noche.

Dos personas hace 8 meses.

Sandra cerró el correo.

Fue al teléfono de Rodrigo que estaba cargando en el buró de la recámara.

El código era el año de boda de los dos.

Siempre lo había sido.

Nunca había tenido razón de usarlo.

Hasta esa mañana abrió WhatsApp.

Buscó el nombre de Valeria.

Estaba guardada como val en la agenda.

abrió la conversación y Sandra Peña Villarreal, 38 años gerente de recursos humanos, 15 años leyendo personas como oficio.

Se sentó en la orilla de la cama de su propia recámara y leyó 2 años de conversación entre su esposo y su hermanastra.

tardó una hora y 27 minutos en leerla completa.

Lo que esa conversación contenía es parte del expediente sellado del caso.

Lo que puede decirse es que la conversación documentaba 2 años de una relación que había empezado en el segundo mes de que Valeria vivía en la calle Cedro y que había continuado con la regularidad de algo que ninguno de los dos había querido cerrar, aunque los dos sabían que tendría que cerrarse en algún momento.

Había mensajes de Rodrigo desde hoteles de viaje de trabajo.

Había mensajes de Valeria desde el departamento de la colonia del Valle.

Había mensajes de los dos coordinando los momentos en que Sandra tenía compromisos de trabajo que los dejaban solos.

Había mensajes del mes anterior donde Valeria le decía a Rodrigo que la prueba había dado positivo.

Había mensajes de Rodrigo respondiendo que necesitaban resolverlo antes de que alguien lo supiera.

Había mensajes de la semana anterior donde Valeria le decía que ya había ido a la clínica, que ya estaba resuelto, que nadie iba a saber.

Y había un último mensaje de Rodrigo del día anterior, el martes 7 de marzo, que decía, “Gracias.

Ahora Sandra y yo podemos empezar a buscar el embarazo tranquilos.

Sandra leyó ese mensaje.

Lo leyó dos veces.

Ahora Sandra y yo podemos empezar a buscar el embarazo tranquilos.

Lo había escrito el martes y el miércoles Sandra había ido a la clínica con la confirmación del análisis positivo.

El mismo día en que Rodrigo le decía a Valeria que podían empezar a buscar tranquilos, Sandra ya estaba embarazada y el registro del aborto de Valeria había quedado vinculado al expediente de Sandra por un error de un número en el sistema, un error de sistema que había puesto en la pantalla de una clínica todo lo que nadie debería haber visto de esa forma.

Sandra puso el teléfono de Rodrigo en el buró, exactamente donde lo había encontrado, conectado al cargador exactamente como estaba.

fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua, lo tomó, lavó el vaso, lo secó, lo puso en el lugar donde siempre estaba y se fue al trabajo.

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Ese miércoles en el trabajo, Sandra tuvo tres reuniones, atendió 15 correos, revisó dos expedientes de contratación pendientes, almorzó con su asistente Lorena en el comedor de la empresa con la misma conversación de siempre sobre el proyecto de evaluación de desempeño que tenían que entregar antes del viernes.

Lorena, que conocía a Sandra desde hacía 4 años y que había aprendido a leer sus estados de ánimo con la precisión de quien trabaja junto alguien 8 horas al día, describiría meses después en su declaración lo que había anotado esa tarde con una frase que el juez del caso anotaría en sus notas personales.

Estaba tranquila de una forma que no era la tranquilidad de siempre.

Era la tranquilidad de alguien que ya tomó la decisión más difícil que va a tomar en su vida y que ya está del otro lado de tomarla.

Esa tarde Sandra llegó a la calle Cedro a las 6:47.

Rodrigo llegó a las 7:20.

Cenaron.

Rodrigo le preguntó cómo le había ido en la clínica.

Sandra le dijo que todo bien, que el embarazo estaba confirmado, que tenían cita para la primera ecografía en dos semanas.

Rodrigo la abrazó.

Dijo que era la mejor noticia de su vida.

Sandra lo miró durante ese abrazo con la expresión que Lorena había descrito esa tarde.

La tranquilidad de alguien que ya está del otro lado.

Esa noche durmieron en la misma cama.

Sandra esperó a que Rodrigo se durmiera.

Luego estuvo despierta mirando el techo durante varias horas.

El jueves Sandra fue al trabajo.

El viernes también.

El sábado fue al mercado.

El domingo fueron a comer a casa de don Gerardo.

Don Gerardo, el padre de las dos.

La misma mesa donde Valeria y Sandra habían crecido como hermanastras.

Valeria no estaba ese domingo.

Había dicho que tenía un compromiso.

Sandra preguntó con naturalidad cómo estaba Valeria.

Don Gerardo dijo que bien que muy ocupada con los proyectos de diseño.

Sandra asintió.

siguieron comiendo.

Lo que Sandra estaba procesando durante esos cuatro días, entre el miércoles de la clínica y el martes siguiente, es la parte de este caso que los peritos psicológicos de la defensa presentarían en el juicio como el elemento central de su ame.

Argumento, no era planificación, era la parálisis específica de quien recibe una información que destruye simultáneamente el matrimonio.

la maternidad recién confirmada, la relación con la hermanastra y la imagen de 4 años de vida construida en la calle Cedro.

Todo al mismo tiempo en una pantalla de clínica, en una hora y 27 minutos de mensajes en un teléfono cargando en el buró.

El viernes por la noche Sandra había mandado un mensaje a Valeria.

Bal, necesito verte.

¿Puedes el martes? Valeria había respondido al día siguiente.

Claro, comemos, Sandra, mejor en la casa.

Quiero que estés aquí cuando llegue Rodrigo.

Valeria había tardado varios minutos en responder.

Pasa algo, Sandra.

Necesito que estemos los tres.

Valeria no había respondido más esa noche.

El sábado por la mañana había mandado un mensaje que decía, “El martes ahí estoy.

” Lo que ese intercambio representaba en la mente de Valeria cuando lo recibió es algo que el juicio nunca pudo determinar con certeza.

Si Valeria sabía que Sandra sabía o si creía que era algo diferente o si sabía y decidió ir de todas formas.

Lo que sí puede decirse es que el martes 14 de marzo a las 7:17 de la tarde, Valeria Peña Domínguez llegó a la calle Cedro número 112 y tocó el timbre de la casa donde había vivido tres meses los años antes.

Sandra le abrió la puerta, la dejó entrar, le ofreció agua y esperó a que llegara Rodrigo.

No te vayas.

Lo que ocurrió en esa sala cuando llegaron los tres es lo más importante de esta historia.

Rodrigo llegó a las 7:42, abrió la puerta con su llave, entró al comedor donde Sandra y Valeria estaban sentadas, las miró a las dos y en el momento en que los ojos de Rodrigo encontraron los de Valeria, en esa fracción de segundo de reconocimiento mutuo de lo que estaba ocurriendo en esa sala, algo en la temperatura del cuarto cambió sin que nadie encendiera ni apagara ningún aparato.

Sandra estaba sentada con las manos sobre la mesa.

Frente a las dos había una tablet con la pantalla encendida, con los mensajes de WhatsApp abiertos, los mensajes entre Rodrigo y Valeria.

Rodrigo los miró, luego miró a Sandra, luego miró a Valeria.

Nadie habló durante varios segundos.

Sandra fue la primera.

Siéntense.

Rodrigo se sentó.

Valeria se quedó de pie junto a la barra.

Te dije que te sentaras.

Valeria se sentó.

Lo que ocurrió en esa sala durante los 41 minutos siguientes fue reconstruido por los investigadores a través de los testimonios de los tres involucrados, que en este caso los tres dieron declaraciones porque los tres sobrevivieron al principio de esa noche, aunque no todos sobrevivirían al final.

Sandra hizo preguntas.

Las dos personas frente a ella respondieron, “No todo, no con la completitud que Sandra merecía, pero suficiente.

Rodrigo dijo que había empezado durante los tres meses en que Valeria vivía en la casa.

Valeria dijo que había intentado terminarlo varias veces.

Rodrigo dijo que él también.

” Sandra preguntó por el embarazo.

Rodrigo no respondió de inmediato.

Valeria tampoco.

Sandra giró la tablet hacia el mensaje del martes anterior.

Gracias.

Ahora Sandra y yo podemos empezar a buscar el embarazo tranquilos.

Lo leyó en voz alta.

Luego lo miró a él.

¿Cuándo decidiste que el embarazo de mi hermana era algo que se resuelve para que tú y yo pudiéramos intentarlo tranquilos? Rodrigo no respondió.

¿Cuándo exactamente tomaste esa decisión? Silencio.

Sandra miró a ¿Cuándo decidiste que ese era el arreglo correcto? borrar el embarazo del esposo de tu hermana para que él pudiera tener un hijo con ella.

Valeria bajó la vista.

No fue así.

¿Cómo fue? Fue ¿Cómo fue, Valeria? Silencio largo.

Sandra se puso de pie, fue a la cocina.

Rodrigo y Valeria la miraron irse.

Lo que Sandra tomó de la cocina y lo que hizo con ello en los siguientes minutos es la parte que los peritos de criminalística de la Fiscalía de Nuevo León documentarían con el nivel de detalle que requiere el trabajo forense.

Lo que puede decirse es esto.

Rodrigo Cárdenas Ibáñez, 42 años, director de operaciones, esposo de Sandra desde ha 4 años, murió en la sala de la calle Cedro número 112 de la colonia Cumbres de Monterrey.

Valeria Peña Domínguez, 34 años diseñadora industrial, hermanastra de Sandra, sufrió heridas que requirieron atención médica de urgencias.

fue trasladada al Hospital San José de Monterrey a las 8:43 de la noche en estado grave.

Fue dada de alta 16 días después con el historial médico que el expediente sellado del caso registra con la terminología clínica que corresponde.

Sobrevivió.

Sandra Peña Villarreal llamó al 911 a las 8:31 de la noche.

Necesito una ambulancia en la calle Cebro número 112, colonia Cumbres, Monterrey.

Hay una persona muerta y una herida.

Soy Sandra Peña.

Vivo aquí.

Yo fui.

Estoy en la sala.

No me voy a mover.

La operadora le preguntó si estaba herida.

No puede quedarse en la línea.

Sí.

Las primeras patrullas llegaron a las 8:41.

Encontraron a Sandra sentada en la misma silla donde había estado durante los 41 minutos de la conversación, con las manos sobre la mesa, con la tablet todavía encendida frente a ella, con los mensajes todavía en la pantalla.

El mensaje del martes anterior.

Gracias.

Ahora Sandra y yo podemos empezar a buscar el embarazo.

Tranquilos.

Sandra no había apagado la pantalla.

El agente García, que fue el primero en entrar, vio esa tablet antes de ver nada más.

La leyó en una fracción de segundo y en ese momento entendió, antes de revisar la escena la geometría básica de lo que había ocurrido en esa sala.

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La Fiscalía General del Estado de Nuevo León asignó el caso a la agente ministerial Claudia Vargas Pedraza, 46 años, 16 de servicio en homicidios y delitos de alto impacto.

Llegó a la escena a las 9:18 de la noche.

Lo primero que revisó fue la tablet sobre la mesa.

Lo segundo fue el teléfono de Rodrigo.

Lo tercero fue el teléfono de Sandra.

Lo cuarto fue el teléfono de Valeria que los paramédicos habían asegurado cuando la trasladaron.

Cuatro teléfonos, dos años de mensajes en tres de ellos que construían la historia completa.

La gente Vargas fue donde estaba Sandra, que para ese momento había sido llevada a la sala mientras esperaba el traslado a la fiscalía.

Se sentó frente a ella.

Sandra, ¿estás herida? No necesitas atención médica.

No puedes contarme qué pasó esta noche.

Sandra la miró durante un momento.

Leyó los mensajes en la tablet.

Sí.

Entonces ya sabe qué pasó.

La agente Vargas anotó eso.

Necesito escucharlo de ti.

Sandra habló durante 33 minutos con la misma articulación estructurada con que hacía sus informes de recursos humanos.

secuencial, sin ambigüedades, sin adornos.

La clínica, la pantalla, el teléfono de Rodrigo, los mensajes, los 4 días, el mensaje a Valeria.

El martes.

¿Por qué esperaste 4 días? Preguntó la agente.

Porque necesitaba procesar.

procesar qué exactamente todo.

El embarazo mío, el de ella, los dos años de mensajes, el hecho de que Rodrigo escribiera que podían buscar el embarazo tranquilos el mismo día en que yo ya estaba embarazada.

Todo.

Y en esos cuatro días pensaste en lo que ocurrió esta noche.

Silencio de varios segundos.

Pensé en muchas cosas.

Incluyendo esto, Sandra tardó, no de la forma en que ocurrió.

¿De qué forma lo pensaste? Pensé en confrontarlos, en que los dos estuvieran en la misma sala y que tuvieran que decirlo en voz alta.

Y lo que ocurrió después de la confrontación no estaba en lo que pensaste.

Sandra miró la mesa.

Hay cosas que cuando empiezan no tienen la dirección que uno pensaba que tenían.

La agente Vargas anotó eso.

Sandra, el embarazo.

¿Sabías que estabas embarazada cuando ocurrió lo que ocurrió esta noche? Sandra levantó la vista.

Era la pregunta más difícil del interrogatorio y la que la agente Vargas llevaba desde que llegó a la escena esperando hacer.

Sí.

Y eso no te detuvo.

Silencio largo.

Eso es lo que me detuvo con Valeria.

La agente Vargas dejó de escribir durante un momento, miró a Sandra y en esa respuesta, en ese eso es lo que me detuvo con Valeria.

Estaba también la parte más difícil de profesar de todo este caso.

Sandra estaba embarazada de Rodrigo y fue ese embarazo, la vida que llevaba adentro y que era también el Hijo del Hombre, que le había hecho lo que le había hecho, lo que en algún momento de esa sala había detenido lo que habría seguido.

La agente Vargas cerró la libreta y abrió una nueva página porque había más que preguntar, pero que podía esperar a la fiscalía, la sala de interrogatorios de la Fiscalía General del Estado de Nuevo León.

Sandra llegó a las 11:4 de la noche, todavía con la ropa del trabajo del martes, el traje gris, los zapatos de tacón bajo, el pelo recogido en la coleta de los días de oficina.

Le ofrecieron agua.

Aceptó.

Le ofrecieron café.

También le leyeron sus derechos.

Pidió abogado.

El abogado llegó a las 11:47.

Rodrigo Espinoza Garza, 50 años, penalista con 18 de experiencia en Nuevo León, conocido en los juzgados del Estado como el que no llega a improvisar.

5 minutos con Sandra antes de que empezara el interrogatorio formal.

La agente Vargas se sentó frente a Sandra cuando el abogado dio el visto bueno.

Sandra, quiero preguntarte por algo que dijiste antes.

Dijiste que el embarazo fue lo que te detuvo con Valeria.

¿Qué significa eso exactamente? El abogado Espinoza puso la mano en el brazo de Sandra.

Sandra lo miró.

Está bien, dijo.

Ya lo saben todo.

Se lo explicó con la misma claridad de siempre.

En algún momento de esa sala, entre los 41 minutos de la confrontación y la llamada al 911, Sandra había tenido en sus manos la posibilidad de hacer con Valeria lo que había hecho con Rodrigo y no lo había hecho, no porque no quisiera, sino porque en algún instante de ese cuarto, en algún segundo entre el movimiento y lo que seguía, algo en su cuerpo le había recordado lo que llevaba adentro.

El hijo de Rodrigo, su hijo, el que había confirmado esa misma mañana de la semana anterior.

Y ese hijo, esa presencia de seis semanas que nadie había visto todavía, había sido lo que detuvo la mano de Sandra en el momento en que Valeria todavía podía sobrevivir.

La agente Vargas anotó eso durante un momento largo.

Luego preguntó, “¿Eso fue una decisión o fue instinto?” Sandra tardó en responder más tiempo que en cualquier otra pregunta del interrogatorio.

No lo sé distinguir.

Intentas distinguirlo todos los días desde esa noche.

La agente Vargas cerró la libreta y el abogado Espinoza, que había escuchado ese intercambio con la atención de quien sabe que cada palabra importa, entendió en ese momento que tenía un caso que iba a ser el más difícil y el más importante de los 18 años de su carrera.

Porque Sandra Peña Villarreal no era un caso ordinario de homicidio por traición.

Era el caso de una mujer embarazada que había descubierto en el espacio de una semana que su esposo había embarazado a su hermanastra y que había decidido abortar para que el esposo pudiera buscar tranquilo el hijo con su esposa y que en ese contexto específico había hecho lo que había hecho y que en ese mismo contexto específico lo que la había detenido con Valeria era también lo que ese esposo le había dado antes de que ella supiera todo lo que sabía.

Una vida adentro de seis semanas.

Sigue aquí.

El juicio es donde esta historia se complica más.

Sandra Peña Villarreal fue vinculada a Proceso el 16 de marzo de 2023 bajo los cargos de homicidio calificado con las agravantes de premeditación y ventaja por la muerte de Rodrigo y tentativa de homicidio calificado por las lesiones a Valeria.

La Fiscalía de Nuevo León asignó el caso a la fiscal Mariana Torres Ibáñez, 44 años, 15 de experiencia en delitos de alto impacto, conocida en los juzgados del Estado por construir los alegatos más sólidos con la evidencia disponible, sin importar la complejidad del caso.

El caso de Sandra era el más complejo que la fiscal Torres había tenido en 15 años, no por la evidencia.

La evidencia era clara por el contexto y por lo que el contexto hacía con la calificación legal de lo que había ocurrido.

El abogado Espinoza construyó una defensa que descansaba sobre tres elementos.

Primero, el estado psicológico de Sandra durante los 4 días entre el descubrimiento y la noche del martes.

Cuatro días de acumulación silenciosa de una traición de múltiples dimensiones simultáneas.

la infidelidad de 2 años, la identidad de la persona, el embarazo de esa persona, la decisión de abortar para que el matrimonio siguiera funcionando sin que Sandra lo supiera y el mensaje del martes donde Rodrigo agradecía el aborto como si fuera una cortesía administrativa.

Todo eso acumulado en 4 días sin contárselo a nadie producía un estado de saturación psicológica que los peritos de la defensa llamarían colapso disociativo diferido.

Segundo, la naturaleza de la confrontación.

Sandra no había llegado a esa sala con un plan de homicidio.

Había llegado con la necesidad de que los dos lo dijeran en voz alta.

Y lo que había ocurrido después era la consecuencia de una confrontación que había desbordado lo que cualquier persona en ese estado emocional podía contener.

Tercero, lo que había detenido a Sandra con Valeria.

El embarazo propio como elemento de autocontención en el momento de mayor carga emocional era también evidencia de que Sandra no había estado en un estado de pérdida total de control, sino en un estado donde la capacidad de evaluación todavía existía.

Aunque de forma fragmentada y parcial.

La fiscal Torres respondió el segundo y tercer argumento con la pregunta que había preparado durante semanas.

Si Sandra estaba en un estado de colapso donde el control estaba perdido, ¿cómo se explica que esperara 4 días, que fuera al trabajo esos 4 días, que invitara a Valeria específicamente para que estuviera en la casa cuando llegara Rodrigo? La evidencia del periodo previo no describe un colapso, describe una preparación.

El abogado Espinoza respondió que preparar una confrontación no era lo mismo que planificar un homicidio.

La fiscal respondió que el resultado había sido un homicidio y que la distancia entre los dos era exactamente el territorio que el jurado tendría que medir.

El juicio oral se celebró en el juzgado de oralidad penal de Nuevo León en octubre de 2023.

7 meses después de los hechos duró 11 días.

El cuarto día fue el más difícil de todos.

Valeria Peña Domínguez declaró como testigo.

Llegó a la sala con las marcas que los 16 días de hospitalización habían dejado y con la expresión de quién sabe que lo que va a decir en esa sala es la parte más difícil que le ha tocado decir en su vida.

Miró a Sandra cuando entró.

Sandra la miró.

Las dos hermanastras, la mayor en el banquillo, la menor en la silla de testigos.

El juez dejó que ese momento existiera durante los segundos que existió.

La fiscal la interrogó primero.

Valeria, ¿puede confirmar que tuvo una relación con Rodrigo Cárdenas durante 2 años? Sí.

¿Sabía que Rodrigo estaba casado con su hermana? Sí, lo sabía desde el principio.

Silencio de varios segundos.

Sí.

En algún momento consideró decirle la verdad a Sandra.

Valeria tardó muchas veces.

¿Y por qué no lo hizo? Silencio largo.

Porque no encontré la forma de decirlo sin perderlo todo.

¿Qué era todo? Valeria miró la mesa a Sandra, a mi papá, a la familia y cree que haber guardado silencio protegió esas cosas.

Valeria no respondió.

El abogado Espinoza la interrogó después.

Valeria, ¿cuándo supo que Sandra sabía? Valeria tardó cuando me mandó el mensaje del viernes.

Algo en la forma en que escribió me hizo pensar que quizás.

Y aún así fue el martes.

Sí.

¿Por qué fue si sospechaba que Sandra sabía? Valeria miró al abogado durante un momento porque pensé que si Sandra me pedía que fuera, era porque quería hablar, que quería que se dijera en voz alta, pero que eso era todo, que íbamos a hablar y que iba a ser difícil, pero que íbamos a sobrevivir.

Y no calculó que podía ocurrir lo que ocurrió.

No, ¿por qué no? Valeria miró hacia Sandra en el banquillo, porque Sandra no es ese tipo de persona.

Sandra resuelve las cosas con palabras.

Sandra habla y esa noche no fue así.

Valeria bajó la vista.

Esa noche lo que Sandra encontró fue demasiado para resolverlo con palabras.

La sala escuchó eso en silencio.

El octavo día declaró don Gerardo Peña, el padre de ambas, 71 años.

El hombre que había criado a Sandra y que había criado a Valeria en distintos momentos y que esa mañana de octubre se sentaba en la silla de testigos con la cara de quien ha llegado al punto donde ya no hay categoría disponible para lo que siente.

La fiscal le preguntó si sabía de la relación entre Rodrigo y Valeria.

Don Gerardo dijo que no.

Nada, nada.

Nunca notó nada entre ellos.

Don Gerardo tardó.

Vi a Rodrigo mirar a Valeria de una forma en una comida del año pasado.

Una vez pensé que me había equivocado.

No investigó.

No, ¿por qué no? Don Gerardo miró sus manos.

Porque preferí pensar que me había equivocado.

La sala procesó eso en silencio.

El abogado Espinoza le preguntó, “Don Gerardo, ¿cómo describiría la relación entre Sandra y Valeria antes de lo que ocurrió?” Don Gerardo tardó en responder, distante, no fría, distante como son las hermanastras que crecieron en casas separadas, que se quieren, pero que no tienen la historia completa de las que crecieron juntas.

¿Cree que esa distancia influyó en lo que ocurrió? Don Gerardo miró al abogado.

No lo sé.

Lo que sé es que las dos son mis hijas y que lo que ocurrió esa noche fue posible porque alguien que estaba en el medio las traicionó a las dos.

La sala escuchó eso y en esa frase de don Gerardo, alguien que estaba en el medio las traicionó a las dos.

Había también una verdad sobre este caso que ningún alegato de apertura había nombrado con esa precisión.

Rodrigo había traicionado a las dos, a Sandra con Valeria y a Valeria con Sandra.

Porque Valeria también había sido el instrumento de una traición que Rodrigo había sostenido durante dos años con el confort de quien sabe que tiene el control de dos espacios al mismo tiempo y que ninguno de los dos sabe del otro.

Y ese control, esa doble traición sostenida durante dos años era también parte de lo que había ocurrido en esa sala el martes 14 de marzo.

El undécimo día, el juez Alberto Morales Garza, 54 años, 19 de carrera judicial, leyó el veredicto.

Culpable de homicidio calificado por la muerte de Rodrigo.

calificativa de premeditación demostrada parcialmente.

Los cuatro días de conocimiento previo y la convocatoria específica a Valeria para que estuviera presente cuando llegara Rodrigo establecían una preparación del escenario que la evidencia no permitía clasificar como espontánea.

La calificativa de ventaja demostrada por las circunstancias de la escena.

Sin embargo, el juez aplicó un atenuante inusual que el abogado Espinoa había construido durante 11 días de juicio con la paciencia.

de quien sabe que los atenuantes se ganan con precisión y no con elocuencia.

El atenuante, la acumulación específica de la traición en sus dimensiones simultáneas, infidelidad, identidad de la persona, embarazo, aborto y el mensaje del martes como elemento de máxima carga emocional producía un contexto que modificaba sin eliminar la culpabilidad.

Y el hecho de que Sandra se hubiera detenido con Valeria en el momento de mayor carga emocional era también evidencia de que el colapso no era total, sino parcial, lo que a su vez era consistente con la idea de que el acto contra Rodrigo, aunque premeditado en el escenario, no había sido premeditado en todos sus detalles por la tentativa contra Valeria, culpable de tentativa de homicidio con atenuante de estado emocional severo, la sentencia por homicidio 22 años de prisión.

La sentencia por tentativa, 4 años adicionales concurrentes.

Total efectivo con descuento de atenuantes.

26 años de prisión con posibilidad de revisión a los 16 con buena conducta y programas de reinserción completados.

Sandra Peña Villarreal tenía 38 años en el momento de los hechos.

Con buena conducta saldría a los 54.

En la sala de audiencias, doña Miriam Villarreal, la madre de Sandra, escuchó los 26 años con el rosario en las manos y la vista en su hija.

Cuando el juez terminó de leer, doña Miriam cerró los ojos durante un momento.

Don Gerardo Peña, que estaba en la fila del fondo, escuchó la sentencia con la cara de quien recibe el número que ya había calculado y que de todas formas duele cuando llega en voz alta.

A su derecha había una silla vacía, la de Valeria, que no había asistido al juicio ese día.

Y a su izquierda había otra silla vacía, la de la familia de Rodrigo, que había abandonado la sala el sexto día después de una declaración particularmente difícil y que no había regresado.

Don Gerardo entre dos sillas vacías.

esa imagen, ese hombre de 71 años entre los espacios de las dos personas que sus decisiones y las decisiones de los que lo rodeaban habían convertido en ausencias.

Sería la que el periodista del milenio que cubría el caso publicaría esa tarde como la imagen más honesta de todo lo que este caso contení.

Sandra Peña Villarreal llegó al Centro de Reinserción Social Femenil de Nuevo León en noviembre de 2023.

Había dado a luz en agosto una niña, 270 g al nacer, 48 cm, los ojos de Sandra, el pelo oscuro de Rodrigo.

El parto había sido en el Hospital San José con la vigilancia que el proceso legal requería y con la presencia de doña Miriam en la sala de espera, porque no había nadie más que pudiera estar ahí en ese momento.

La niña se llamaba Emilia.

Emilia Peña con el apellido de Sandra, porque el apellido de Rodrigo era también el apellido de un hombre cuya historia iba a tener que explicársele a esa niña en algún momento y porque Sandra había decidido que ese momento podía esperar, pero que el apellido no.

Emilia vive con doña Miriam en la casa de la colonia del Valle de Monterrey.

Sandra la ve una vez al mes en las visitas del Ferezo.

La primera visita fue en diciembre, cuando Emilia tenía 4 meses y todavía no entendía qué era ese lugar con el vidrio, pero sí entendía que había una persona al otro lado que la miraba con una forma de mirar que los bebés reconocen antes de saber el nombre de lo que reconocen.

Sandra puso la mano contra el vidrio.

Doña Miriam acercó a Emilia para que viera.

Emilia la miró.

Sandra también.

Y en ese espejo de vidrio entre una madre y su hija de 4 meses había todo el peso de lo que esta historia había dejado cuando terminó de ocurrir.

Valeria Peña Domínguez vive en Guadalajara desde septiembre de 2023.

Volvió a la ciudad de donde había venido, a la casa de su madre Carmen, al trabajo de diseño que había dejado cuando se mudó a Monterrey.

No ha vuelto a Monterrey.

Ha hablado una vez con don Gerardo por teléfono desde que ocurrió lo que ocurrió.

Fue una llamada corta.

Don Gerardo le preguntó cómo estaba.

Valeria dijo que trabajando, don Gerardo dijo que bien y los dos guardaron silencio durante varios segundos porque había demasiado que decir para decirlo en una llamada telefónica y porque ninguno de los dos había encontrado todavía la forma de decir lo que necesitaba decirse en el formato.

¿Qué hace falta para decirlo? Quizás esa conversación llegue, quizás no.

Las conversaciones que necesitan un formato que uno no tiene todavía a veces llegan cuando uno lo encuentra y a veces uno nunca lo encuentra.

Esta historia no tiene un lugar donde terminar limpiamente.

tiene a Sandra, que leyó en una pantalla de clínica lo que ninguna mujer debería leer en ese contexto, y que luego leyó en un teléfono lo que ninguna esposa debería leer en ningún contexto, y que en los cuatro días siguientes cargó sola algo que tenía, demasiados kilos para cargarse solo, que convocó a los dos a la misma sala porque quería que lo dijeran en voz alta, que lo que ocurrió después de que lo dijeron en voz alta no era lo que Sandra había pensado que ocurriría.

O quizás sí era, pero de una forma que no se llama plan, sino colapso, aunque la diferencia entre los dos no siempre tiene nombre.

Disponible.

Que lo que la detuvo fue Emilia.

Seis semanas de Emilia que Sandra ni siquiera había podido celebrar completamente porque esa misma mañana la clínica le había dado la confirmación y la pantalla al mismo tiempo.

Y que Emilia existe y que Emilia tiene 4 meses y que Emilia vive con doña Miriam y que Sandra la ve una vez al mes con un vidrio de por medio.

tiene a Rodrigo, que durante dos años encontró la forma de tener lo que tenía sin cerrar lo que debería haber cerrado y sin abrir lo que debería haber abierto.

que el martes 7 de marzo le mandó a Valeria un mensaje agradeciendo el aborto como si fuera un favor de gestión, que al día siguiente le dijo a Sandra que el embarazo era la mejor noticia de su vida, que esas dos frases en menos de 24 horas son también la descripción más concisa de lo que era Rodrigo Cárdenas Ibáñez y de lo que hizo con dos personas que merecían algo diferente.

Tiene a Valeria, que fue a esa casa el martes porque pensó que Sandra quería hablar.

que tenía razón en que Sandra quería hablar, pero que el hablar tuvo un momento donde dejó de ser solo hablar y Valeria estaba ahí cuando ese momento llegó, que sobrevivió, que vive en Guadalajara, que trabaja, que tiene pendiente una conversación con su padre que ninguno de los dos sabe todavía cómo tener y tiene a Emilia 4 meses que vive con doña Miriam, que tiene los ojos de Sandra y el pelo de Rodrigo, que no sabe nada de clínicas, ni de pantallas, ni de mensajes, ni de hermanastras, ni de sala de interrogatorios, ni de juzgados, que solo sabe que hay una persona que la mira desde el otro lado de un vidrio una vez al mes con una forma de mirar que los bebés reconocen antes de saber el nombre de lo que reconocen.

su mamá al otro lado del vidrio, mirándola como se mira, lo único que quedó de todo lo que se rompió en la colonia Cumbres de Monterrey.

La calle Cedro sigue siendo la misma calle arbolada.

Los fraccionamientos con vigilancia siguen teniendo vigilancia.

El parque sigue teniendo bancas y familias los domingos en el número 112 hay nuevos inquilinos desde enero.

Una pareja joven que llegó sin saber nada.

pusieron plantas en el jardín del frente.

Los vecinos los saludan con el gesto de siempre.

En la colonia del Valle, doña Miriam sale a caminar los sábados por la mañana con Emilia en la carriola.

Saluda a los vecinos.

responde las preguntas sobre la niña con la economía de las respuestas de quien sabe que la historia completa requiere más tiempo del que una conversación de banqueta permite.

Emilia crece con la velocidad específica de los bebés que no saben que la historia que cargan es la que es y que algún día sabrán y que cuando sepan tendrán que decidir qué hacer con saberlo.

Esta decisión, la de Emilia, es la única de toda esta historia que todavía no se ha tomado y es también la más importante porque es la única que le pertenece completamente a alguien que todavía no tiene palabras para nada, solo los ojos de su madre mirando desde el otro lado del vidrio una vez al mes con todo lo que esa mirada contiene y que ningún expediente puede registrar, porque los expedientes registran los hechos y lo que hay en esa mirada no es un hecho.

Es algo que no tiene nombre todavía, que quizás Emilia le pondrá nombre algún día cuando tenga las palabras grietas que no cierran solas, que nunca cierran solas y que en este caso tienen la forma de una pantalla de clínica girada hacia una paciente por un médico que no sabía lo que estaba girando.

de un mensaje del martes agradeciendo un aborto como una cortesía administrativa de 4o días de silencio en una casa donde dos personas dormían en la misma cama sin que ninguna supiera completamente lo que la otra sabía.

Y de una niña de 4 meses que tiene los ojos de su madre y el pelo de su padre y que no sabe nada de ninguna de esas cosas todavía.

Todavía no.

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Necesito escucharlo.

 

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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