El tejido áspero del uniforme negro me picaba en la nuca. Me miré en el espejo del pasillo de servicio, un espejo pequeño y agrietado que distaba mucho del enorme cristal veneciano que adornaba nuestra habitación principal o la que solía ser nuestra habitación. Me alicé el delantal blanco, asegurándome de que no hubiera ni una sola arruga. Mis manos temblaban, no por el frío, sino por la mezcla tóxica de humillación y furia que corría por mis venas. “Isabel. ” El grito de Ricardo resonó desde el comedor. Trae el hielo. Se supone que el servicio debe ser rápido. Cerré los ojos un segundo. Respiré hondo. Hace apenas 5 años, ese mismo hombre me juraba
El tejido áspero del uniforme negro me picaba en la nuca. Me miré en el espejo del pasillo de servicio,…