El frío del metal contra mi espalda era lo único que me mantenía consciente. Estaba acorralada en el pasillo de servicio del Gran Hotel Palacio, rodeada por el olor a basura rancia y productos de limpieza industrial. Mi uniforme de camarera, una talla más grande de lo necesario para ocultar mis curvas, estaba empapado en sudor frío. No puedes esconderte para siempre, Elena. La voz de Marco era suave, casi cariñosa, lo que la hacía mil veces más aterradora. Sabes que me perteneces. Firmaste el contrato. Tu deuda es mía. Tú eres mía. Marco bloqueaba la única salida.
El frío del metal contra mi espalda era lo único que me mantenía consciente. Estaba acorralada en el pasillo de…