Parecía una consulta médica rutinaria, hasta que todos notaron la “falsa alarma” que movilizó a todo el hospital. Ahí entendieron que el horror tenía un guion… La enfermera confirmó que el anuncio de que “Loan había aparecido” fue una maniobra deliberada para desmovilizar a los vecinos y liberar las rutas de escape. El testimonio expone los vínculos peligrosos de la enfermera con los imputados, incluyendo invitaciones a festejos familiares días antes de la tragedia. “La evidencia es tan escalofriante que hace que la versión oficial parezca solo la punta del iceberg: ‘¿Estamos ante un crimen o ante una ejecución pactada?’” ¿Es esta toda la historia… o apenas el comienzo? La noche del 14 de junio no fue solo una búsqueda desesperada, sino un teatro de sombras. La enfermera Alicia Axon, amiga de la infancia de Caillava, ha terminado por entregar los fragmentos de una noche donde el deber profesional se cruzó con la traición. La “falsa alarma” que movilizó ambulancias y oxígeno hacia el campo fue la pieza maestra para que los responsables ganaran las horas necesarias para ocultar al niño. La sociedad observa con estupor cómo el sistema de salud de un pueblo fue utilizado como una pieza más en el engranaje de esta desaparición.
El susurro de la enfermera en la noche del espanto: La inyección a Victoria Caillava que ocultaba el rastro de Loan
La madrugada del 14 de junio de 2024, mientras el pueblo de 9 de Julio se hundía en la desesperación por la desaparición de un niño de cinco años, una escena de una frialdad quirúrgica se desarrollaba entre las paredes blancas del hospital local.
La declaración testimonial de Alicia Axon, la enfermera de guardia aquella noche, ha perforado finalmente la coartada de normalidad que el matrimonio de Carlos Pérez y Victoria Caillava intentó sostener durante meses ante la justicia federal.
Lo que para la defensa era una simple consulta médica por un cuadro respiratorio, se ha revelado bajo el microscopio judicial como una pieza clave en la cronología de una sustracción planificada, donde el tiempo y el silencio fueron los mejores aliados de los captores.
Alicia Axon relató con una precisión que hiela la sangre cómo, alrededor de las 23:00 horas, Victoria Caillava irrumpió en el hospital exigiendo una atención urgente, ocultando su rostro tras una tos persistente que, según la enfermera, parecía más una máscara que un síntoma real.
La enfermera, quien reconoció ser amiga de la infancia de la imputada y hasta testigo civil de su boda con Carlos Pérez, describió una interacción cargada de una tensión contenida, donde la exfuncionaria municipal pedía ser “auxiliada” con una inyección para poder viajar a Corrientes capital al día siguiente.
La contradicción estalló en el estrado cuando se le preguntó por el motivo del viaje: mientras Victoria Caillava alegó ante los medios un control oncológico por nódulos mamarios, a la enfermera le confesó, en la intimidad del consultorio, que sufría de una supuesta incontinencia urinaria y que debía ver a un urólogo.
Esta discrepancia en los diagnósticos no es un detalle menor para el fiscal Carlos Shaffer, quien sostiene que el matrimonio utilizó la excusa médica para justificar su salida de la zona cero mientras Loan Danilo Peña era trasladado, posiblemente, en el baúl del Ford Ka rojo que la enfermera no pudo ver porque estaba estratégicamente oculto detrás de una ambulancia.
El testimonio de Alicia Axon también arrojó luz sobre el cinismo operativo de la imputada; mientras recibía la dosis de dexametasona, Victoria Caillava comentaba la desaparición del niño con una tranquilidad que la enfermera calificó como la de “una madre o abuela preocupada”, una actuación que hoy se lee como el clímax de un engaño diseñado para no levantar sospechas.
La noche del horror sumó un capítulo de crueldad psicológica cuando, a las 2:00 de la mañana, el hospital se convirtió en el epicentro de una falsa alarma: el anuncio de que Loan había aparecido.
La enfermera recordó la cara de “felicidad absoluta” del policía Luis Saucedo al dar la noticia, una alegría que movilizó ambulancias, oxígeno y frazadas hacia el campo, solo para descubrir que todo había sido una maniobra de distracción para desmovilizar a los vecinos y liberar las rutas.
Esta “falsa alarma”, que el fiscal atribuye a una orden directa del excomisario Walter Maciel, permitió que el rastro de Loan Danilo Peña se perdiera definitivamente, mientras los responsables ganaban las horas necesarias para asegurar el ocultamiento del menor.
La sombra de la tragedia también alcanzó al personal de salud; Alicia Axon confirmó con tristeza el fallecimiento en circunstancias poco claras de su compañero Nelson Bravo, el enfermero que había salido esa noche con la ilusión de rescatar al niño que conocía desde siempre.
El interrogatorio también expuso los vínculos peligrosos que rodeaban a la enfermera, quien admitió tener en su teléfono los contactos de Mónica Millapi, del comisario Walter Maciel y del propio Carlos Pérez, a quien incluso había invitado a un festejo por el Día del Padre poco antes de la tragedia.
La fiscalía y la querella, representada por la doctora Rucio Cornara, hicieron hincapié en la falta de registros vitales básicos durante la atención a Victoria Caillava; no se tomó la presión, ni la fiebre, ni la frecuencia respiratoria, lo que sugiere que la consulta fue un trámite para validar una presencia y una dolencia que sirviera de escudo legal.
La revelación de que los perros entrenados detectaron el olor de Loan en los dos vehículos del matrimonio, sumado a que Victoria Caillava intentó resistirse al secuestro de la camioneta blanca ofreciendo solo el auto rojo, termina de cercar a una pareja que parece haberlo planeado todo, excepto la persistencia de la verdad.

El fiscal Carlos Shaffer ha sido tajante: el botín fue plantado, el almuerzo fue una trampa y el entorpecimiento comenzó en el minuto uno con la complicidad de los falsos peritos y organizaciones que, como los falsos Dupuy, llegaron al pueblo para “formatear” la memoria de los testigos.
La sociedad argentina observa con estupor cómo el sistema de salud de un pueblo pequeño fue utilizado como una pieza más en el engranaje de una desaparición, donde una inyección a medianoche pretendía borrar las huellas de un crimen que aún hoy, ocho meses después, sigue ocurriendo.
La declaración de Alicia Axon, a pesar de su cercanía afectiva con los acusados, ha terminado por entregar a la justicia los fragmentos de una noche donde el deber profesional se cruzó con la traición más profunda a la comunidad.
El destino de Loan Danilo Peña sigue siendo el gran ausente en una sala de audiencias donde los imputados comienzan a verse las caras con la realidad de sus propias mentiras, mientras el pacto de silencio se desangra ante cada nueva prueba pericial.
La justicia federal tiene ahora la tarea de conectar ese “ataque de tos” fingido en el hospital con el grito ahogado de un niño en el monte, en una causa que ha demostrado que, en Corrientes, la oscuridad puede vestirse de uniforme, de cargo público o de una simple bata de enfermería.
El juicio continúa, y la promesa del fiscal de que la verdad saldrá a la luz parece estar más cerca de cumplirse, no por la confesión de los culpables, sino por los rastros indelebles que dejaron en su intento desesperado por parecer inocentes.
