MARIDO M4TA A SU ESPOSA Y AL “AMANTE” EN MONTERREY — LLEVABA UN AÑO FINGIENDO QUE NO SABÍA NADA
El jueves 16 de marzo de 2023 a las 11:42 de la noche, Ricardo Peña Solano llegó a su casa en la colonia Contry de Monterrey con una bolsa de loxó en la mano y una expresión que su vecino del número 46, don Abundio Flores, describiría meses después en el juzgado como la expresión de alguien que ya terminó de profesar algo y que ya sabe exactamente lo que va a hacer.

Don Abundio estaba sacando a su perro cuando vio llegar a Ricardo.
Lo saludó con el gesto de siempre.
Ricardo le devolvió el saludo.
Subió los tres escalones de la entrada de su casa, abrió con su llave y entró.
Lo que Don Abundio no sabía en ese momento era que la bolsa del Oxó que Ricardo llevaba no tenía nada adentro.
Ricardo había entrado al oxodo de la esquina de la avenida Revolución a las 11:34 de la noche.
Había caminado por los pasillos durante 6 minutos y había salido con la bolsa vacía que el cajero le había dado cuando Ricardo había pedido una bolsa, aunque no hubiera comprado nada.
El cajero no había preguntado para qué.
A las 11:30 de la noche, en un oxo de la colonia Country, uno no pregunta para qué.
Lo que don Abundio tampoco sabía era que Ricardo Peña Solano llevaba un año entero sabiendo lo que sabía.
Un año.
365 días de llegar a casa y cenar con Fernanda y llevar a los niños a la escuela y celebrar el cumpleaños de Fernanda y las Navidades y el Año Nuevo y las vacaciones de verano en Los Cabos.
365 días de saludar a Marco cuando coincidían en los eventos de la colonia o en los partidos de fútbol del Club Deportivo de los Martes.
Marco Antonio Vega Torres, el amigo de 10 años, el que había dado el discurso en la boda de Ricardo y Fernanda, el del puesto en la empresa de construcción que le había conseguido a Ricardo cuando Ricardo había necesitado cambiar de trabajo hace 6 años.
365 días de saber, sin decir nada, sin cambiar nada, sin que nadie supiera que sabía, hasta esa noche de jueves, hasta la bolsa vacía del oxo, hasta los tres escalones de la entrada, hasta la llave en la cerradura.
Si esta historia ya te hizo detenerte, lo que Ricardo hizo esa noche y lo que los investigadores descubrieron sobre ese año entero de silencio es todavía más difícil de entender.
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No cuando termine, ahorita.
Quédate hasta el final porque hay un detalle sobre lo que Ricardo encontró hace un año, sobre cómo lo descubrió y sobre lo que hizo con ese descubrimiento durante 365 días, que el juez a cargo del proceso describiría en sus notas como el caso más difícil de clasificar legalmente que había tenido en 21 años.
No por la evidencia, por lo que la evidencia decía sobre un hombre que supo durante un año y que en ese año no rompió nada, no gritó nada, no hizo nada, hasta que hizo todo.
Hazte una bebida, lo que tengas, siéntate bien.
Listo, arrancamos.
Monterrey, Nuevo León, la ciudad del norte, la del trabajo y de la industria y de esa identidad regiomontana que desde afuera parece orgullo.
Y desde adentro es simplemente la forma en que la gente sabe que lo que uno tiene lo construyó con lo que tenía disponible y que nadie se lo va a regalar.
Es también una ciudad de colonias residenciales donde la clase media y la clase media alta de Monterrey ha construido su vida con la solidez específica del norte.
Casas de dos plantas con cochera techada, fraccionamientos con vigilancia en la entrada, parques de la colonia con bancas y juegos para niños y adultos que caminan las vueltas de siempre a la misma hora.
La colonia Country está al suroriente de Monterrey, en una zona que en los últimos 30 años pasó de ser el límite de la ciudad a ser una de las colonias más consolidadas del municipio.
Calles arboladas, casas con jardín.
El club deportivo de la Avenida Revolución, donde los martes por la noche los hombres de la colonia juegan fútbol soccer con la seriedad específica de los cuarentones, que saben que ya no corren como antes, pero que tampoco están dispuestos.
A admitirlo, en la calle Roble número 44.
Vivía la familia Peña Vidal desde hacía 8 años.
Ricardo, Fernanda, Andrés, 12 años, Valentina, nu y a seis cuadras de esa casa en la calle Cedro número 23 vivía Marco.
Ricardo Peña Solano nació el 14 de agosto de 1979 en Monterrey, el segundo de tres hijos de don Eliodoro Peña, contador, y de doña Graciela Solano, que había dirigido el área de administración de una empresa maquiladora de Santa Catarina durante 25 años, con esa eficiencia específica de las mujeres que entienden que los sistemas funcionan cuando cada parte hace lo que tiene.
¿Qué hacer? de su madre había heredado eso, la capacidad de ver los sistemas, de entender cómo funcionaban, de identificar cuando algo no estaba funcionando como debería.
Esa capacidad aplicada a su matrimonio durante 365 días era también parte de la historia de por qué Ricardo Peña Solano había podido hacer lo que hizo sin que nadie lo viera venir.
Estudió ingeniería civil en el Tec de Monterrey.
trabajaba como gerente de proyectos en una empresa de construcción de infraestructura vial desde hacía 6 años, desde que Marco le había conseguido el puesto cuando Ricardo necesitaba cambiar de trabajo.
Y Marco había dicho que él conocía a alguien y que iba a hacer una llamada.
Marco había hecho la llamada.
Ricardo había conseguido el trabajo y ese favor, esa deuda específica de gratitud profesional que en los hombres del norte se paga siendo leal y estando disponible cuando el otro lo necesita.
Era también parte de la ironía de este caso que los investigadores documentarían con la precisión de quien entiende que las traiciones más profundas siempre tienen raíces en los favores más grandes.
Medía 1,80, complexión atlética que el fútbol de los martes y el gimnasio dos veces por semana mantenían con la regularidad de quien entiende que el cuerpo es también una herramienta de trabajo.
pelo negro con canas en las cienes que en los últimos años habían llegado con la puntualidad de los 40.
Cara de rasgos definidos con esa mandíbula marcada del norte que en reposo daba una expresión seria y que cuando sonreía cambiaba completamente.
En el trabajo lo conocían como el gerente que termina los proyectos en tiempo y en presupuesto, que en el mundo de la construcción es también la descripción más completa de lo que significa ser bueno en lo que uno hace.
En la colonia era el Ricardo del 44, el del equipo de fútbol de los martes, el que cuando había una junta de vecinos era el primero en llegar con la agenda preparada porque Ricardo Peña era de los que no llegan a las juntas a improvisar, sino a resolver.
Ese era Ricardo, un hombre que planifica, que prepara, que cuando tiene un problema lo analiza antes de actuar, porque actuar sin análisis es también una forma de perder.
Y que durante 365 días había aplicado esa misma metodología a algo que no era un proyecto de construcción, sino la destrucción más sistemática y más calculada que los investigadores de la Fiscalía de Nuevo León habían visto en muchos años.
Fernanda Vidal de Peña tenía 41 años, originaria de San Pedro Garza García, hija de don Rodrigo Vidal, dueño de una distribuidora de materiales eléctricos y de doña Teresa Garza, que había manejado la contabilidad de la distribuidora familiar durante 30 años con esa precisión de las que entienden los números mejor que los que los generan.
Diseñadora de interiores con estudio propio en la colonia del Valle de Monterrey desde hacía 8 años.
una clientela construida en ese tiempo de las que se construyen con trabajo y recomendación.
Quien usa a Fernanda le dice a su cuñada, que use a Fernanda y la cuñada le dice a su amiga.
Y así había crecido el estudio con la lentitud orgánica de lo que se sostiene solo porque es bueno.
Morena clara con esa tes Pedro, pelo castaño que teñía de rubio desde los 30, porque el rubio le daba más luz según su estilista y según ella también, aunque no lo dijera.
Ojos verdes heredados de una abuela vasca que en la familia Vidal aparecían cada generación con la fidelidad de los rasgos que se resisten a desaparecer.
El matrimonio con Ricardo era desde afuera uno de los que los demás señalaban como referencia, no porque fuera perfecto, sino porque desde afuera parecía lo que uno aspira cuando piensa en cómo debería ser.
Dos profesionales exitosos, dos hijos bien criados, una casa bien mantenida, vacaciones que salían en el Instagram familiar con fotos que sus contactos guardaban en la carpeta de inspiración.
Desde adentro era algo que Fernanda había estado dejando que se vaciara de a poco con la gradualidad de los matrimonios, que no se rompen de golpes, sino que van cediendo en los bordes mientras el centro todavía aguanta.
Y en ese vaciado gradual había encontrado hace dos años algo que llenaba lo que el matrimonio ya no llenaba.
Ese algo era Marco.
Marco Antonio Vega Torres tenía 43 años, socio fundador de constructora Vega e Hijos, empresa de desarrollo inmobiliario residencial con proyectos en Monterrey, San Pedro y Santa Catarina.
el hijo mayor de una familia de constructores del norte, que había heredado el oficio y los contactos con la naturalidad de quien crece en un ambiente donde los nombres de las empresas y los nombres de las familias son lo mismo.
Alto complexión que en los 40 había adquirido el peso específico de los hombres exitosos que han dejado de necesitar demostrar nada físicamente, porque lo que demuestran lo demuestran de otras formas.
Pelo negro que empezaba a escasear en la coronilla.
Una forma de ocupar los espacios con esa seguridad de los que han crecido creyendo que los espacios que ocupan son los correctos para ellos.
Casado con Sofía desde hacía 12 años.
Tres hijos.
Casa en Cumbres.
El amigo de 10 años de Ricardo, el del discurso en la boda, el de la llamada que le había conseguido el trabajo, el de los martes de fútbol, donde los dos jugaban en el mismo equipo con la complicidad de los que llevan años coordinándose en la cancha y que saben sin decirse exactamente dónde va a estar el otro.
esa complicidad en la cancha, esa lectura del otro sin necesidad de decirse nada, era también la forma en que Marco había podido hacer lo que había hecho durante dos años sin que Ricardo lo viera, porque Ricardo confiaba en Marco con la confianza de los 10 años de amistad y de los martes de fútbol y de la llamada del trabajo, hasta que dejó de confiar.
Si ya tienes la piel de gallina y vamos apenas empezando, quédate porque todavía no sabes cómo Ricardo lo descubrió ni lo que hizo con ese descubrimiento durante un año entero.
Lo que Ricardo Peña descubrió hace exactamente un año, el jueves 16 de marzo de 2022, llegó de la forma más ordinaria posible.
No por un mensaje encontrado, no por una foto en redes sociales, no por un número desconocido.
Llegó por un recibo, un recibo de hotel del NH Collection Monterrey Histórico de la calle Hidalgo del centro de Monterrey.
Una noche, dos personas, tarifa de habitación, cargo al servicio de habitaciones, dos copas de vino y un plato de quesos.
El recibo había llegado al correo electrónico de Ricardo por un error del sistema del hotel.
Alguien en la cadena NH había vinculado la reserva de esa noche con el correo corporativo de Ricardo, en lugar del correo de quien había hecho la reserva, un error administrativo del tipo que ocurre cuando los sistemas tienen fallas en la sincronización de datos.
Del tipo que ningún sistema puede garantizar que no va a ocurrir y del tipo que cuando ocurre produce consecuencias que ningún sistema puede prever.
Ricardo había recibido ese correo a las 3:17 de la tarde del jueves 16 de marzo de 2022, mientras revisaba su bandeja de entrada en el trabajo.
Lo había abierto pensando que era un correo equivocado.
era un correo equivocado, pero tenía el nombre de Fernanda en los datos del registro y tenía la fecha del miércoles anterior, el día en que Fernanda había dicho que tenía una reunión con un cliente en el centro que se había alargado y que había preferido quedarse a cenar sola porque ya era tarde para manejar.
Ricardo había mirado ese recibo durante varios minutos.
Luego había buscado en el historial del hotel si había un número de teléfono de contacto para la reserva.
había llamado.
La recepcionista había confirmado que la reserva había sido a nombre de Fernanda Vidal.
El señor que la acompañaba había preguntado Ricardo.
La recepcionista había dado el nombre.
Marco Antonio Vega Torres.
Ricardo había colgado.
Se había quedado mirando la pantalla de su computadora en su oficina de la empresa de construcción durante un tiempo que no pudo cuantificar después.
Y luego había cerrado el correo del hotel.
había abierto el siguiente correo de su bandeja de entrada, que era un reporte de avance de obra de un proyecto en Santa Catarina, y lo había revisado y había respondido con los comentarios pertinentes y había terminado el día de trabajo y había llegado a casa y había cenado con Fernanda y con los niños y no había dicho nada.
Eso fue el jueves 16 de marzo de 2022, un año antes del jueves 16 de marzo de 2023.
Un año exacto.
Lo que Ricardo Peña Solano hizo durante ese año es la parte de este caso que los investigadores de la Fiscalía de Nuevo León tardaron semanas en reconstruir con la precisión que requería porque lo que había hecho no tenía evidencia simple.
tenía la evidencia compleja de lo que no se hace, de las conversaciones que no se tienen, de las confrontaciones que no ocurren, de los sistemas que siguen funcionando porque alguien que sabe que están rotos decide no romperlos todavía.
Siguió yendo a los martes de fútbol con Marco, siguió jugando en el mismo equipo, siguió llegando a casa a cenar con Fernanda.
Siguió llevando a los niños a la escuela.
Siguió en el trabajo que Marco le había conseguido.
Siguió en la empresa donde seguía habiendo proyectos con constructora Vega.
y siguió mirando a Marco cuando se veían con la misma expresión de siempre, la del amigo de 10 años, sin que Marco supiera que detrás de esa expresión había algo que Ricardo estaba acumulando con la metodicidad de quien prepara un proyecto y que sabe que la preparación determina el resultado.
Lo que sí hizo, lo que los investigadores encontrarían semanas después del crimen era esto, un archivo en su computadora personal con contraseña, un archivo que había empezado a construir en la primera semana después del recibo del hotel.
El archivo contenía fechas, horas, ubicaciones, registros de los movimientos de Fernanda en los días en que Ricardo tenía viajes de trabajo o llegadas tarde conocidas.
registros de los movimientos de marco en esos mismos días.
Capturas de pantalla de los mapas de las ubicaciones que coincidían.
Una documentación metodológica de 12 meses de movimientos paralelos construida con la misma precisión con que Ricardo construía los cronogramas de sus proyectos de infraestructura.
El agente ministerial, a cargo del caso Ernesto Garza Ibáñez, 47 años, 15 de servicio en homicidios de la Fiscalía de Nuevo León, revisó ese archivo en el laboratorio digital esa semana.
Tardó 2 horas en revisarlo completo.
Cuando terminó, escribió en sus notas una frase que el fiscal del juicio usaría meses después en su alegato de apertura.
Ricardo Peña no actuó en un crimen de pasión.
actuó en el cierre de un proyecto que llevaba un año en construcción.
El proyecto era el crimen y el crimen era el cierre del proyecto.
Y la diferencia entre eso y la premeditación es exactamente ninguna.
Nadie en esa colonia imaginaba lo que venía.
Sigue aquí porque lo más importante todavía no ha llegado.
Lo que ocurrió el jueves 16 de marzo de 2023, un año exacto después del recibo del hotel, empezó a las 9 de la mañana cuando Ricardo llegó al trabajo.
Revisó sus correos, atendió una llamada de un proveedor.
A las 11 mandó un mensaje a su equipo diciendo que tenía una cita médica por la tarde y que salía a las 3.
No tenía cita médica.
A las 3 salió de la oficina, fue a su carro, manejó a la avenida Revolución, entró al oxo de la esquina, caminó por los pasillos 6 minutos, salió con la bolsa vacía.
Lo que estaba en esa bolsa vacía, lo que los peritos de criminalística encontrarían en el registro de compras de ese Oxo con las cámaras de seguridad era nada.
Ricardo no había comprado nada.
Había entrado al oxo porque necesitaba una bolsa y había salido con la bolsa vacía que el cajero le había dado sin preguntar para qué, porque lo que necesitaba llevar a casa no podía llevarse en las manos a la vista de donabundio que sacaba a su perro.
Lo que necesitaba llevarse era lo que había buscado ese año entero, lo que los investigadores encontrarían en el archivo de su computadora personal, las fechas, las horas, las ubicaciones y la certeza de que ese jueves 16 de marzo, un año exacto después del recibo del hotel, Fernanda había dicho que tenía reunión de clientes en la tarde y que Marco no había llegado a la junta de socios de la constructora que estaba en el calendario compartido de la empresa.
y que esas dos ausencias simultáneas habían ocurrido ya 16 veces en el año anterior, según el archivo de Ricardo.
16 veces y que esa tarde era la 17.
Ricardo llegó a la calle Roble número 44 a las 11:42 de la noche, un año después de haber recibido el recibo del hotel.
Con la bolsa vacía del Oxo, saludó a don Abundio con el gesto de siempre.
subió los tres escalones, abrió con su llave y entró.
Lo que ocurrió dentro del número 44 de la calle Roble entre las 11:42 de la noche y las 12:31 de la madrugada del viernes 17 de marzo de 2023, fue documentado por los peritos de criminalística de la Fiscalía de Nuevo León con el nivel de detalle que requiere el trabajo forense.
No lo voy a reproducir con ese detalle aquí porque ese detalle existe para los expedientes y para los juzgados.
Lo que puede decirse es esto.
Marco Antonio Vega Torres, 43 años, constructor, amigo de 10 años, el del discurso en la boda, el de la llamada del trabajo, murió en la calle Roble número 44.
Fernanda Vidal de Peña, 41 años, diseñadora de interiores, esposa de Ricardo desde hacía 15 años, madre de Andrés y Valentina, murió también.
Los niños estaban en la casa de los abuelos maternos esa noche porque era la noche de cumpleaños de la abuela Teresa y Fernanda.
Les había dicho a Ricardo esa mañana que los iba a dejar con los abuelos para que se quedaran a dormir y que los recogería el viernes.
Los niños no estaban en la casa.
Ese detalle, esa ausencia de los niños, esa noche específica sería también parte del debate legal, porque la defensa lo usaría para argumentar que Ricardo había elegido esa noche específicamente, sabiendo que los niños no estaban y la fiscalía lo usaría para argumentar exactamente lo mismo.
Ricardo llamó al 911 a las 12:31 de la madrugada.
Buenas noches.
Necesito que vengan al 44 de la calle Roble en la colonia Country de Monterrey.
Hay dos personas muertas adentro.
Soy Ricardo Peña.
Vivo aquí.
Yo fui.
Estoy en la sala.
No me voy a mover.
La operadora le preguntó si estaba armado.
No, ya no tengo nada.
¿Puede quedarse en la línea? Sí.
Las primeras dos patrullas de la policía municipal de Monterrey llegaron a las 12:46.
Encontraron a Ricardo sentado en el sillón de la sala con la bolsa vacía del Oxoo en el suelo junto a sus pies.
No había intentado moverse, no había llamado a nadie más.
Las manos sobre las rodillas, la cara de la expresión que don Abundio había descrito al salir a pasear a su perro tres horas antes.
La expresión de alguien que ya terminó de procesar algo y que ya sabe exactamente lo que va a hacer.
Lo había sabido durante un año y esa noche lo había hecho.
Lo único que dijo cuando llegaron los agentes fue, “Mis hijos están en casa de los abuelos de mi esposa.
Hay que avisarles antes de que llegue alguien sin avisar.
Este canal existe para que el nombre de estas familias no desaparezca en silencio, para que se cuenten con la profundidad que merecen.
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La Fiscalía de Nuevo León asignó el caso al agente ministerial Ernesto Garza Iváñez, que llegó a la escena a la 1:20 de la madrugada.
Lo primero que revisó fue la bolsa vacía del oxo junto al sillón.
La miró durante un momento sin tocarla.
Luego fue al segundo piso.
Luego fue a la computadora personal de Ricardo en el estudio del primer piso.
Encontró el archivo con contraseña.
Los peritos digitales tardaron 4 horas en acceder.
Lo que encontraron adentro era el año completo de documentación.
El agente Garza lo revisó al amanecer del viernes con el café de la madrugada, que ya estaba frío y que se tomó de todas formas porque el trabajo requería que siguiera.
Cuando terminó, llamó al fiscal de guardia.
Necesito que vengas.
Esto no es un crimen de pasión.
Esto tiene un año de construcción documentado, carpeta por carpeta, con fechas y horas y coordenadas.
El fiscal llegó en 20 minutos, revisó el archivo y dijo la frase que el agente Garza recordaría meses después como la más exacta del caso.
Esto es el expediente de su propio crimen.
Lo construyó él antes de cometerlo.
La sala de interrogatorios de la fiscalía de Nuevo León.
Ricardo llegó a las 2:44 de la madrugada.
Le ofrecieron agua, aceptó.
Le leyeron sus derechos.
pidió a su abogado.
El abogado Alejandro Montemayor Garza, 51 años, penalista con 20 de experiencia en Monterrey, llegó a las 3:17.
Se tomó 10 minutos con Ricardo antes de que empezara el interrogatorio.
El agente Garza se sentó frente a Ricardo cuando el abogado indicó que estaban listos.
Ricardo, ¿sabes por qué estás aquí? Sí.
Cuéntame qué pasó esta noche.
El abogado Montemayor puso la mano en el brazo de Ricardo.
Ricardo lo miró.
Cuento dijo Ricardo y habló durante 47 minutos con la misma articulación estructurada con que presentaba los avances de obra en las juntas ejecutivas.
secuencial, sin ambigüedades, con la economía de palabras de quien ha pensado lo que va a decir durante un año y que cuando finalmente lo dice ya no necesita improvisación, explicó el recibo del hotel, el año de documentación, el archivo.
Cuando llegó a la noche del jueves, el agente Garza lo detuvo.
Ricardo, ¿por qué esta noche específicamente? ¿Por qué el 16 de marzo? Ricardo tardó varios segundos porque era un año.
El aniversario del recibo.
Sí, tenía importancia para usted ese plazo.
Ricardo miró la mesa durante un momento.
Me di un año para decidir si podía vivir con lo que sabía o si no podía.
Y la conclusión fue que no podía.
La conclusión fue que había esperado suficiente.
El agente Garza anotó eso.
¿Por qué esperó un año en lugar de actuar inmediatamente? Ricardo miró a la gente porque actuar inmediatamente habría sido un crimen de emoción.
Lo que hice esta noche no fue emoción.
El abogado Montemayor cerró los ojos durante un segundo, luego los abrió.
No dijo nada porque su cliente acababa de decir en esa sala lo que el fiscal del juicio iba a repetir 14 veces en el alegato de apertura.
Lo que hice esta noche no fue emoción.
Siete palabras que eran también la confesión más directa de premeditación que la Fiscalía de Nuevo León había recibido en 15 años.
Sigue aquí.
Lo más importante del juicio todavía falta.
Ricardo Peña Solano fue vinculado a proceso el 18 de marzo de 2023, dos días después del crimen, bajo los cargos de doble homicidio calificado con las agravantes de premeditación, alevosía y ventaja.
La Fiscalía de Nuevo León asignó el caso al fiscal Roberto Gutiérrez Vidal, 49 años, 17 de experiencia en delitos de alto impacto.
El caso que le tocaba era el que todos los fiscales quisieran tener y que ninguno querría tener.
Evidencia abrumadora, confesión directa, expediente construido por el propio acusado, pero también una defensa que tenía al abogado Montemayor, que era también uno de los mejores que Monterrey podía ofrecer y que había pasado tres semanas después del crimen leyendo el expediente con la atención de quien busca el ángulo que la fiscalía no ha visto.
Lo que Montemayor encontró no era un ángulo que eliminaba la culpabilidad, era un argumento que modificaba la naturaleza de lo que había ocurrido.
Su postura, el año de silencio de Ricardo, no era planificación de un homicidio.
Era el proceso de duelo de un hombre que había perdido su matrimonio y su mejor amistad simultáneamente y que durante 12 meses había intentado encontrar una forma de procesar esa pérdida que no requiriera destruir lo que quedaba de su percepción.
familia, que el archivo de documentación no era la preparación de un crimen, sino el mecanismo de control de alguien que necesitaba organizar el caos para poder seguir funcionando.
Que la noche del 16 de marzo no había sido la ejecución de un plan, sino el colapso del sistema de contención que Ricardo había construido durante 12 meses para no colapsar.
Era un argumento que tenía lógica interna.
El problema era la frase, lo que hice esta noche no fue emoción.
Esas siete palabras en el interrogatorio de las 3 de la madrugada.
Montemayor pasó semanas trabajando con peritos psicológicos, buscando la forma de contextualizar esa frase, de explicar que lo que Ricardo había querido decir no era lo que la fiscalía quería que significara.
Los peritos hicieron su mejor trabajo.
No alcanzó para borrar las siete palabras.
Nunca alcanza.
El juicio oral se celebró en el Juzgado de oralidad Penal de Monterrey en septiembre de 2023, 6 meses después del crimen.
Duró 9 días.
El cuarto día fue el más revelador.
Don Abundio Flores, el vecino del número 46, declaró como testigo.
La fiscal le preguntó cómo había visto a Ricardo esa noche cuando llegó a casa.
Don Abundio dijo lo que había dicho en su primera declaración.
la expresión de alguien que ya terminó de profesar algo y que ya sabe exactamente lo que va a hacer.
¿Cómo puede usted saber eso con esa certeza? Preguntó la fiscal.
Don Abundio tardó porque yo también tuve una noche así hace muchos años y sé cómo se ve una persona que llegó a ese punto.
La sala procesó eso en silencio.
El abogado Montemayor no hizo preguntas adicionales al testigo.
No hacía falta.
El quinto día declaró Sofía la esposa de Marco.
Llegó a la sala con la ropa oscura y la cara de quien lleva 6 meses, procesando dos pérdidas simultáneas, la del esposo y la de la imagen del esposo.
La fiscal le preguntó si sabía de la relación entre Marco y Fernanda.
Sofía dijo que no.
Ninguna señal.
Sofía tardó.
Las mismas señales que tiene cualquier matrimonio donde uno de los dos trabaja mucho.
Llegadas tarde, viajes.
El teléfono boca abajo y no sospechó.
Quise no sospechar.
La fiscal asintió.
Entiende lo que Ricardo hizo.
El abogado de Sofía, que estaba presente como parte del proceso civil paralelo, objetó.
La jueza admitió la objeción, pero la pregunta había quedado en la sala y la respuesta que Sofía no pudo dar era también parte de esta historia.
Porque si Sofía la hubiera dado en voz alta, la respuesta más honesta posible habría sido una respuesta que muchas de las personas en esa sala habrían entendido, aunque no quisieran admitirlo.
El noveno día, la jueza Carmen Iváñez Vázquez, 53 años, 20 de carrera.
judicial.
Leyó el veredicto, culpable de doble homicidio calificado.
Las tres agravantes demostradas, premeditación, el año de documentación, la elección de la fecha, la bolsa vacía del Oxo como mecanismo para no ser visto llegando con algo en las manos.
La ausencia de los niños esa noche específica que Ricardo sabía de antemano.
La frase en el interrogatorio, todo en conjunto, alevosía, demostrada porque ninguna de las dos víctimas había estado en posición de anticipar la llegada de Ricardo a esa hora.
Ventaja demostrada por las circunstancias de la escena documentadas en el informe forense.
La jueza no aplicó ningún atenuante.
Dijo en la motivación del fallo que el año de espera era también el año de premeditación y que en este caso no había distancia entre esas dos palabras, que el argumento de la defensa sobre el proceso de duelo era psicológicamente coherente, pero legalmente insuficiente, dado el nivel de documentación encontrado.
que un hombre que construye un archivo de un año con fechas, horas y coordenadas no está profesando un duelo, está preparando un proyecto y que ese proyecto tenía un cierre planificado para una fecha específica.
La sentencia 42 años de prisión en Nuevo León, el doble homicidio calificado con las tres agravantes tiene las penas más altas disponibles en el catálogo penal del Estado, sin posibilidad de reducción por buena conducta.
Dado el nivel de premeditación demostrado, 42 años.
Ricardo Peña Solano tenía 43 años en el momento del crimen, no saldría.
En términos prácticos era cadena perpetua funcional.
En la sala de audiencias, don Geliodoro Peña y doña Graciela Solano, los padres de Ricardo escucharon los 42 años con el peso de los padres que ya habían procesado ese número antes de que el juzgado lo dijera en voz alta y que de todas formas duele cuando llega en la voz de un juez en una sala.
Don Rodrigo Vidal y doña Teresa Garza, los padres de Fernanda, que habían tenido a Andrés y a Valentina desde el día siguiente al crimen, escucharon la sentencia con la expresión de quien esperaba una cifra y que recibe otra y que sabe que ninguna cifra resuelve nada de lo que les falta.
Los padres de Marco no asistieron al juicio.
Habían pedido a través de su abogado que los testimonios de su familia se tomaran fuera de la sala.
Andrés y Valentina no estaban en la sala.
Nadie consideró que era el lugar para ellos.
Ricardo Peña Solano llegó al centro de reinserción social de Nuevo León en octubre de 2023.
Fue asignado al área de planificación y mantenimiento del penal, que era la asignación obvia para un ingeniero civil con 15 años de experiencia en proyectos de infraestructura.
El responsable del área lo recibió el primer día con la lista de pendientes de mantenimiento que llevaba meses sin resolverse y le preguntó por dónde quería empezar.
Ricardo revisó la lista, la ordenó por prioridad, la dividió en fases y le dijo al responsable que si le daba acceso al sistema de gestión del penal podía tener un cronograma completo antes del viernes.
El responsable le dio acceso.
Ricardo tenía un cronograma completo el jueves.
Doña Graciela fue a visitarlo el primer mes con el camión desde la colonia Country hasta el cerezo que son 40 minutos.
Le llevó comida que había preparado la noche anterior.
Le preguntó cómo estaba el trabajo.
Ricardo le dijo que había muchos pendientes de mantenimiento y que el sistema de gestión era anticuado, pero que lo estaba reestructurando.
Doña Graciela lo escuchó.
Luego dijo, “¿Y tú? ¿Cómo estás tú?” Ricardo tardó en responder.
Trabajando, jefa.
Doña Graciela asintió.
Y en ese trabajando, jefa, estaba también todo lo que Ricardo Peña Solano era y todo lo que había sido durante un año de silencio, y 365 noches mirando el techo, y 42 años de condena que empezaban con la misma respuesta con que había empezado todo lo demás, trabajando.
Andrés, 12 años, fue a visitar a su padre una vez en febrero con los abuelos maternos que lo llevaron porque el niño lo había pedido y porque negarle eso hubiera sido una crueldadicional.
Se sentó frente a su padre en el locutorio con el vidrio entre los dos.
Estuvo callado durante varios minutos.
Luego preguntó, “¿Por qué lo planeaste un año?” Ricardo lo miró.
Esa pregunta de 12 años, que no era la pregunta de por qué lo hiciste, sino la pregunta más específica y más difícil.
¿Por qué un año? Ricardo tardó en responder porque necesitaba estar seguro.
¿De qué? De que no había otra forma y no la había.
Silencio de varios segundos.
Esa es la pregunta que me hago todos los días.
Andrés asintió.
No preguntó más.
Valentina, 9 años.
No fue ese día.
Los abuelos habían decidido que era demasiado pequeña para el locutorio.
Valentina preguntó por qué Andrés fue y ella no.
Los abuelos dijeron que cuando fuera un poco más grande también podría ir.
Valentina preguntó cuando era un poco más grande.
Los abuelos dijeron que pronto.
Valentina aceptó eso con la confianza de los 9 años que todavía creen que pronto es una fecha real.
La casa de la calle Roble número 44 fue vendida en julio por los herederos de Fernanda.
La compraron los abuelos maternos don Rodrigo y doña Teresa, porque era la casa donde habían crecido sus nietos y porque cambiarlos de colonia, además de todo lo demás, habría sido un traslado más de los que esos niños podían manejar.
Pintaron el exterior de color crema.
Pusieron persianas nuevas en las ventanas del segundo piso.
Don Abundio del número 46 los saludó el primer día que llegaron con los niños.
Preguntó si necesitaban algo.
Don Rodrigo dijo que estaban bien.
Gracias.
Y la colonia siguió siendo la colonia de siempre con los mismos árboles en las calles, con el mismo club deportivo en la avenida Revolución, donde los martes por la noche los hombres juegan fútbol con la seriedad de los cuarentones, que saben que ya no corren como antes.
El equipo de los martes tiene dos lugares vacíos ahora.
Nadie los ha llenado todavía.
Quizás porque llenarlos requiere no pensar en lo que ocupaban antes y quizás porque en ese barrio la gente todavía está pensando.
Esta historia no tiene un lugar donde terminar limpiamente.
Tiene a Ricardo que aplicó al crimen más irreversible de su vida la misma metodología que aplicaba a sus proyectos de construcción.
que el año de espera fue también el año de decisión, que construyó el expediente de su propio crimen con la misma atención al detalle con que construía los cronogramas de obra, que dijo en el interrogatorio que lo que hizo esa noche no fue emoción y que esas siete palabras fueron también las más costosas que pronunció en su vida.
y que hay algo en ese hombre, en esa capacidad de esperar y de organizar y de no dejar que la emoción contamine el proceso, que es también lo más perturbador de este caso, ¿no? La violencia, la frialdad, la metodología, el archivo.
tiene a Fernanda, que en algún punto de su matrimonio encontró algo en los martes de fútbol del amigo de Ricardo, que no encontraba en los años de trabajo compartido con su esposo, que llevó dos años construyendo una segunda vida con la misma atención al detalle con que construía sus proyectos de diseño, que no sabía que su esposo lo sabía, que nadie le dio la oportunidad de saberlo.
Viene a Marco, que durante 10 años de amistad y de martes de fútbol y de discursos en bodas y de llamadas para conseguir trabajos, construyó la confianza que usó para lo que usó, que el discurso en la boda de Ricardo y Fernanda es también uno de los elementos más oscuros de este caso, porque ese discurso existió y ese hombre lo dio.
Y en algún punto de los años siguientes, ese mismo hombre decidió que la boda a la que había dado el discurso era también el espacio donde podía hacer lo que hizo.
Y tiene a Andrés y a Valentina, que crecen en la misma casa con los abuelos maternos, que van a la misma escuela, que ven a los mismos amigos y que cargan una pregunta que su padre respondió en un locutorio con “E esa es la pregunta que me hago todos los días y que esa respuesta no cierra nada, sino que abre más.
” ¿Había otra forma? Esa es la pregunta, la más difícil, la que no tiene respuesta disponible, la que un hombre con un año de documentación y un archivo de computadora y una bolsa vacía del Oxo respondió de una forma y que cualquier otra persona con ese mismo año y ese mismo archivo podría haber respondido de formas completamente diferentes, que esas formas existían y que Ricardo no las eligió.
En la colonia Country de Monterrey, las calles arboladas siguen siendo las mismas calles arboladas.
Los fraccionamientos con vigilancia siguen teniendo vigilancia.
Los parques siguen teniendo bancas y juegos y adultos que caminan las vueltas de siempre.
En el número 44 de la calle Roble, las luces se encienden a las 7 de la tarde cuando don Rodrigo llega de su distribuidora y doña Teresa ya tiene la cena lista y los niños llegan de la escuela.
La bolsa vacía del Oxo está en el expediente sellado de la Fiscalía de Nuevo León.
El archivo de la computadora también.
Un año de fechas, horas y coordenadas.
Un año de saber sin decir, un año de llegar a cenar y de llevar a los niños a la escuela y de jugar fútbol los martes con el hombre que sabía lo que sabía.
un año, que es todo el tiempo que separaba el recibo del hotel de esa noche de jueves y que es también todo el tiempo que separa a Ricardo Peña de cualquier otra persona que hubiera recibido ese mismo recibo, ese mismo día y que hubiera elegido hacer algo diferente con ese año.
grietas que no cierran solas, que nunca cierran solas y que en este caso tienen la forma específica de un archivo con contraseña en una computadora personal, de una bolsa vacía de Oxo, de siete palabras en el interrogatorio de las 3 de la madrugada.
Lo que hice esta noche no fue emoción.
Siete palabras que lo explicaban todo y que no justificaban nada, que es también la distancia más exacta entre entender algo y poder vivir con ese entendimiento.
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Necesito escucharlo.